
Lula en la ONU: «indignación» ante la guerra y una defensa del derecho de Brasil a decidir sobre sus riquezas
NeuquenNewsLuiz Inácio Lula da Silva no acudió a la Asamblea General de Naciones Unidas a ofrecer un inventario diplomático de asuntos pendientes. En su discurso del 22 de septiembre presentó una acusación contra el orden internacional: las grandes potencias conservan capacidad para decidir, pero el Consejo de Seguridad no logra cumplir su función de prevenir las guerras ni proteger a quienes quedan atrapados en ellas.
Dijo que lo movía la «indignação» y calificó este período como el más crítico que ha vivido la ONU desde su primera intervención ante el organismo, en 2003. Su cuestionamiento apuntó especialmente al derecho de veto y a una crisis de liderazgo que, según sostuvo, deja a la comunidad internacional sometida a la ley del más fuerte.
Esa crítica adquirió su expresión más dura al hablar de Palestina. Lula afirmó que generaciones de palestinos cargarán con el dolor provocado por lo que calificó como un genocidio cometido por el gobierno de Benjamin Netanyahu contra mujeres y niños en Gaza. También condenó los actos terroristas de Hamás contra civiles israelíes, defendió la labor de la Corte Penal Internacional y respaldó a la relatora especial de la ONU Francesca Albanese. Advirtió, además, que los asentamientos israelíes en Cisjordania vuelven cada vez menos viable la solución de dos Estados.
Lula enlazó de inmediato esa tragedia humanitaria con otra amenaza para la estabilidad mundial: el estrecho de Ormuz. Sostuvo que una vía vital para el comercio internacional se había convertido en una «trincheira da guerra» —una trinchera de la guerra— y señaló que las familias de distintos países terminan pagando el encarecimiento de combustibles, fertilizantes y alimentos. Allí apareció una dimensión decisiva de su discurso. Las guerras se libran en territorios concretos, pero sus consecuencias atraviesan las rutas comerciales, alteran costos esenciales y llegan a la mesa de hogares que no tienen ninguna participación en esos conflictos. Lula extendió su reclamo de diplomacia a la guerra entre Rusia y Ucrania, sobre la que afirmó que no habrá vencedores en el campo de batalla.
La soberanía fue el otro gran eje de su intervención. Al referirse a América Latina, Lula rechazó la injerencia externa en los procesos electorales, la división del mundo en zonas de influencia y lo que describió como nuevas incursiones sobre recursos estratégicos. Su frase «O Brasil não cabe no quintal de ninguém» —Brasil no cabe en el patio trasero de nadie— condensó ese mensaje. Pidió relaciones entre socios capaces de impulsar el desarrollo y sostuvo que las diferencias ideológicas no deberían impedir una mayor integración regional. También afirmó que Brasil no delegará la defensa de sus fronteras ni la lucha contra el crimen organizado, aunque reclamó cooperación internacional para frenar los flujos de armas y dinero que lo alimentan.
En el terreno económico, esa defensa de la soberanía tomó una forma concreta. Lula recordó que Brasil dispone de minerales críticos y tierras raras necesarios para la transición energética y afirmó que su explotación debe beneficiar al pueblo brasileño. Según anunció, el acceso a esos recursos tendrá como contrapartida la generación de valor dentro del país, la transferencia de tecnología y el suministro a sectores estratégicos nacionales.
Es una definición de política industrial: Brasil pretende participar en la producción y el conocimiento vinculados a sus minerales. La diferencia entre vender recursos estratégicos y convertirlos en desarrollo dependerá de esa implementación.
Lula defendió, al mismo tiempo, la autosuficiencia petrolera brasileña y la investigación del potencial de nuevas reservas, como las de la Margen Ecuatorial. Aseguró que su país puede combinar crecimiento económico con reducción de emisiones, prometió sostener la agenda ambiental y destacó la caída de la deforestación amazónica. Son compromisos cuya convivencia merece un examen riguroso: avanzar sobre nuevas fronteras petroleras y cumplir las metas de descarbonización plantea decisiones ambientales, productivas y fiscales que el discurso no resolvió. Esa tensión no invalida su propuesta, pero será una medida central para juzgar sus resultados.
Su visión del desarrollo incluyó distribución del ingreso, generación de empleo, mejora salarial, productividad, crédito y protección social. Lula aseguró que Brasil volvió a crecer de forma sostenida, afirmó que es el tercer destino mundial de inversión extranjera directa y anticipó un nuevo récord exportador. Presentó esas cifras y expectativas como prueba de que un Estado activo puede atraer inversiones y, a la vez, orientar sus beneficios.
Reivindicó la inversión en educación y salud públicas y sostuvo que la desigualdad y el subdesarrollo responden a decisiones políticas. Fueron afirmaciones de balance y proyecciones del mandatario; el resultado de las exportaciones anunciado para este año aún deberá verificarse al cierre del período.
El mismo razonamiento llegó al espacio digital y los que llamó "tecno oligarcas". Con ese término, Lula criticó la concentración de poder en las grandes empresas tecnológicas y reclamó reglas para las plataformas y la inteligencia artificial. También cuestionó el negocio de las apuestas en línea, defendió una remuneración justa para los creadores de contenidos y rechazó las presiones que atribuyó a multinacionales interesadas en privatizar Pix, el sistema público de pagos brasileño. Para Lula, decidir sobre los minerales, la energía, los datos y la infraestructura financiera forma parte de una misma disputa por el poder económico.
A pocos días de las elecciones brasileñas del 4 de octubre, el presidente cerró su intervención con una defensa de la democracia y una advertencia sobre la desinformación y la posible influencia extranjera en la campaña. Su discurso tuvo, por eso, una doble audiencia: los gobiernos reunidos en Nueva York y los ciudadanos de Brasil.


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