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Trituraron millones de libros para alimentar a la IA: Anthropic y el "proyecto Panamá"

Anthropic compró millones de libros físicos, les cortó el lomo, escaneó sus páginas y descartó los ejemplares después de convertirlos en datos para sus sistemas de inteligencia artificial. Más allá del debate legal, el caso expone una pregunta inquietante: ¿qué idea de progreso convierte al libro en un objeto descartable una vez extraído su conocimiento?
TECNOLOGÍA09/08/2026NeuquenNewsNeuquenNews

Anthropic, creadora de Claude, compró millones de libros físicos, les quitó la encuadernación, cortó sus páginas, los escaneó y descartó los ejemplares después de convertirlos en archivos digitales. Un juez federal consideró lícito ese procedimiento en las circunstancias analizadas. Más allá del debate sobre copyright y de los US$1.500 millones que la compañía terminó pagando por otra colección obtenida de fuentes piratas, queda una pregunta mucho más incómoda: ¿qué clase de progreso necesita destruir millones de libros para quedarse con sus datos?

Durante siglos destruimos cosas porque ya no tenían valor. Esta vez ocurrió exactamente al revés. Millones de libros fueron destruidos precisamente porque tenían demasiado valor.

No por el precio de su papel, sus tapas o su encuadernación. Lo que interesaba estaba adentro: las palabras, las ideas, los relatos, las investigaciones, las estructuras del lenguaje y el conocimiento acumulado por generaciones de seres humanos.

Anthropic, la empresa estadounidense creadora de Claude, compró millones de ejemplares físicos —muchos de ellos usados— para construir una gigantesca biblioteca digital. El procedimiento consta en la documentación judicial del caso Bartz v. Anthropic: proveedores contratados retiraban las encuadernaciones, cortaban las páginas, las escaneaban y convertían cada ejemplar en un archivo digital legible por máquinas. Después, el libro físico era descartado.

No estamos hablando de una metáfora. Se compraba el libro. Se le cortaba el lomo. Se separaban sus páginas.

Se digitalizaba su contenido. Y cuando la información ya estaba dentro de los servidores, el objeto que la había conservado podía desaparecer. Ese es probablemente el aspecto más perturbador de toda esta historia.

El libro convertido en envase descartable

Puede argumentarse que quien compra un libro tiene derecho a romperlo, regalarlo, quemarlo o tirarlo a la basura. Jurídicamente, la propiedad sobre ese ejemplar permite hacer muchas cosas con el objeto físico.

Pero aquí no estamos hablando de una persona que destruye un libro. Estamos hablando de una compañía tecnológica ejecutando el procedimiento de manera industrial sobre millones de ejemplares.

La diferencia de escala transforma completamente la discusión. Anthropic no estaba destruyendo libros porque fueran inútiles. Los destruía después de extraer aquello que necesitaba de ellos. 

El libro se había convertido en una suerte de envase del conocimiento: una carcasa material que podía ser eliminada una vez transferido su contenido a una infraestructura privada.

El juez federal William Alsup consideró en junio de 2025 que esa digitalización destructiva de ejemplares comprados legítimamente podía constituir fair use en las circunstancias del caso. Un elemento importante de su razonamiento fue que Anthropic reemplazaba el ejemplar físico por una copia digital para uso interno, en lugar de conservar ambas y comercializar la nueva copia.

Es importante precisar que se trata del fallo de un tribunal federal de distrito y no de una autorización universal que permita a cualquier empresa hacer lo mismo en cualquier circunstancia.

Pero el precedente resulta igualmente estremecedor.

Porque establece una lógica nueva alrededor de uno de los objetos culturales más importantes de la historia humana: puede resultar económicamente racional comprar el libro para destruirlo.

No eran libros para una biblioteca: eran materia prima

En 2024 Anthropic puso en marcha una operación conocida internamente como Project Panama. Documentación judicial posteriormente revelada mostró la dimensión del proyecto y la determinación de la empresa por conseguir enormes cantidades de libros impresos. The Washington Post reconstruyó cómo la compañía adquirió ejemplares masivamente y recurrió al llamado destructive scanning: cortar físicamente los libros para acelerar su digitalización industrial.

El objetivo empresarial no era crear una gran biblioteca al estilo tradicional. No había lectores recorriendo estanterías. No importaban demasiado las tapas. No importaba la encuadernación. Ni siquiera era necesario conservar las páginas.

Lo que importaba era transformar el lenguaje humano en información procesable por computadoras.

La empresa había contratado incluso a Tom Turvey, quien anteriormente había trabajado en las asociaciones vinculadas al proyecto Google Books, dentro de una estrategia extraordinariamente ambiciosa para conseguir libros a gran escala.

La inteligencia artificial necesita texto. Muchísimo texto.

Necesita literatura, ensayo, ciencia, historia, periodismo, manuales, investigaciones y prácticamente cualquier manifestación escrita capaz de enseñar relaciones entre palabras, conceptos e ideas.

Y los libros tienen una característica especialmente atractiva frente a buena parte del contenido que circula libremente por internet: fueron escritos, revisados, editados, corregidos y organizados por seres humanos.

Son conocimiento estructurado. Precisamente por eso tenían valor.

Primero desaparece el objeto, después queda el dato

Hay una imagen que resume perfectamente esta etapa del capitalismo tecnológico. De un lado queda una montaña de papel cortado. Del otro, servidores capaces de conservar y procesar la información que esos libros contenían. El libro murió. El dato sobrevivió. Y además cambió de naturaleza económica.

Aquello que alguna vez estuvo distribuido entre bibliotecas, librerías, casas particulares y depósitos editoriales pasó a formar parte de una gigantesca infraestructura privada destinada al desarrollo de productos comerciales de inteligencia artificial.

No significa que las obras hayan desaparecido del mundo ni que cada ejemplar destruido fuera único o irremplazable. No existe evidencia que permita afirmar semejante cosa.

El problema es otro.

Es la normalización de la destrucción industrial del libro como método eficiente de extracción de información.

El ejemplar deja de ser considerado un bien cultural digno de preservación y pasa a ser tratado como una etapa transitoria dentro de una cadena productiva.

  • Comprar.
  • Cortar.
  • Escanear.
  • Procesar.
  • Descartar.
  • La eficiencia aplicada a la cultura.

La paradoja que dejó la Justicia

El caso Anthropic también tuvo otra vertiente. La empresa había obtenido millones de copias digitales de libros desde fuentes piratas como LibGen y Pirate Library Mirror. Ese comportamiento recibió un tratamiento judicial diferente y finalmente desembocó en un acuerdo multimillonario con autores y titulares de derechos.

Pero concentrarse exclusivamente en los US$1.500 millones puede hacer que perdamos de vista lo verdaderamente novedoso. El problema jurídico de los archivos pirateados era relativamente reconocible: alguien obtuvo obras protegidas sin comprarlas.

Lo extraordinario está del otro lado.

Los libros que Anthropic sí compró podían ser destruidos.

Reuters informó en 2025 que Alsup consideró transformativo el uso de obras para el entrenamiento de los modelos analizados, mientras mantuvo separado el problema de las copias obtenidas mediante piratería.

Y allí aparece una paradoja difícil de ignorar. Comprar legalmente un libro permite destruir físicamente ese ejemplar. La tecnología permite conservar, entretanto, aquello que verdaderamente interesaba de él.

El soporte desaparece y la información continúa su recorrido. No hacia una biblioteca pública. No hacia una universidad. No hacia un archivo nacional. Hacia los servidores de una corporación privada.

¿Qué estamos dispuestos a destruir en nombre del futuro?

Sería simplista convertir esta discusión en una batalla entre quienes aman los libros y quienes defienden la tecnología.

La inteligencia artificial puede ser una herramienta formidable. También puede democratizar enormes cantidades de conocimiento y transformar áreas enteras de la ciencia, la educación y la producción.

El problema no es la tecnología. El problema aparece cuando consideramos inevitable cualquier cosa que contribuya a desarrollarla. Porque las sociedades también expresan sus valores mediante aquello que deciden preservar.

Durante siglos se construyeron bibliotecas precisamente porque comprendimos que un libro no era solamente papel impreso. Era memoria. Era cultura. Era conocimiento transmitido entre generaciones.

Era incluso un testimonio material de una determinada época.

Ahora una de las empresas que construyen las máquinas destinadas a administrar parte del conocimiento del futuro descubrió que existe una manera más eficiente de utilizarlo: extraer la información y eliminar el soporte.

Es difícil encontrar una representación más perfecta de nuestro tiempo. No destruyeron millones de libros porque no sirvieran.

Los destruyeron porque servían.

Porque detrás de cada página había algo que necesitaban.

  • Lenguaje.
  • Ideas.
  • Información.
  • Experiencia humana.
  • Todo aquello podía permanecer.

El libro, aparentemente, no.

Quizás dentro de algunos años este procedimiento sea recordado apenas como una extravagancia propia de los primeros tiempos de la inteligencia artificial.

O quizás estemos viendo algo bastante más profundo: el momento en que empezamos a aceptar que los objetos donde la humanidad conservó su memoria durante siglos pueden convertirse en insumos descartables para alimentar sistemas privados capaces de absorber su contenido.

Y entonces la pregunta ya no es si una empresa tenía legalmente derecho a destruir los libros que había comprado.

La pregunta es bastante más incómoda:

¿Que algo pueda hacerse significa que una sociedad debería aceptar que se haga?

Porque si para construir las máquinas que prometen concentrar buena parte del conocimiento del futuro comenzamos destruyendo físicamente los objetos que preservaron el conocimiento del pasado, tal vez convenga preguntarnos qué entendemos exactamente por progreso.

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