
Hiroshima: el crimen nuclear que Estados Unidos todavía intenta justificar
NeuquenNewsA las 8.15 de la mañana del 6 de agosto de 1945, el bombardero estadounidense Enola Gay lanzó sobre Hiroshima la bomba de uranio conocida como Little Boy. Ochenta y un años después, la ciudad volvió a detenerse exactamente a esa hora para recordar a las víctimas. En la ceremonia de este jueves, las autoridades de Hiroshima advirtieron que minimizar el carácter inhumano de las armas nucleares y aceptar la fuerza como instrumento de poder puede conducir a una nueva Hiroshima o Nagasaki.
Lo ocurrido aquel día no necesita exageraciones para ser definido como una de las mayores masacres contra población civil de la historia. La bomba explotó aproximadamente a 600 metros de altura. La onda expansiva y la radiación térmica destruyeron o incendiaron casi todas las construcciones ubicadas dentro de los dos kilómetros del hipocentro. Cerca del 90 por ciento de los edificios de Hiroshima sufrió daños devastadores y más de 51.000 quedaron completamente destruidos o quemados. Personas con la piel expuesta sufrieron quemaduras hasta 3,5 kilómetros de distancia.
Conviene corregir algunos datos frecuentemente difundidos. No existió una “aniquilación de toda forma de vida en un radio de 13 kilómetros”. Los registros oficiales hablan de aproximadamente 13 kilómetros cuadrados arrasados por los incendios, mientras que la destrucción prácticamente total se concentró en un radio de entre 1,8 y 2 kilómetros. La diferencia no atenúa el crimen: permite describirlo con precisión y evitar que una imprecisión sea utilizada para desacreditar el conjunto de la tragedia.
Tampoco existe una cifra definitiva de muertos. Se estima que alrededor de 70.000 personas murieron durante las primeras horas por la explosión, los derrumbes, las quemaduras y los incendios. La estimación oficial de la ciudad de Hiroshima sitúa en aproximadamente 140.000 —con un margen de 10.000— las muertes acumuladas hasta finales de 1945, provocadas también por las lesiones y los efectos agudos de la radiación. Algunas investigaciones históricas ofrecen rangos superiores, pero 160.000 no es la cifra oficial más aceptada para el cierre de aquel año.
La inmensa mayoría de las víctimas fueron civiles. También murieron trabajadores coreanos sometidos al dominio colonial japonés, ciudadanos chinos, estudiantes extranjeros y prisioneros de guerra.
Una ciudad sin médicos para atender a los sobrevivientes
El arma no sólo mató y mutiló. También destruyó deliberadamente las posibilidades materiales de salvar a quienes habían sobrevivido.
Según el Comité Internacional de la Cruz Roja, en Hiroshima murió alrededor del 90 por ciento de los médicos y el 92 por ciento del personal de enfermería. El 80 por ciento de la infraestructura sanitaria quedó destruida. Miles de personas quemadas, heridas o intoxicadas por la radiación buscaron asistencia en una ciudad que ya no tenía hospitales, medicamentos, agua potable ni suficientes profesionales para atenderlas.
La radiación agregó una forma de muerte que los propios médicos apenas comprendían. Personas que inicialmente parecían haber sobrevivido comenzaron días después a perder el cabello, sufrir hemorragias, fiebre, vómitos y destrucción de sus defensas inmunológicas. Otras desarrollarían leucemias, tumores y enfermedades crónicas durante décadas.
La bomba no terminó de matar cuando se extinguieron los incendios: continuó haciéndolo dentro de los cuerpos.
El objetivo era también producir terror
Durante décadas, Estados Unidos presentó Hiroshima como un blanco esencialmente militar. El propio presidente Harry Truman anunció el ataque describiendo la ciudad como una importante base del Ejército japonés.
Hiroshima tenía instalaciones militares y centros logísticos, pero era también una ciudad densamente poblada por familias, niños, trabajadores y ancianos. Washington conocía perfectamente esa realidad.
Los documentos de la planificación del ataque muestran que el efecto sobre la población no fue un daño inesperado. El Comité Interino encargado de analizar el uso de la bomba buscaba generar el “mayor efecto psicológico” posible. Sus integrantes consideraron que el blanco más conveniente sería una instalación de guerra con numerosos trabajadores, pero rodeada de viviendas obreras. Es decir, un objetivo concebido para combinar destrucción militar, devastación urbana y conmoción colectiva.
Puede discutirse si corresponde aplicar retrospectivamente la categoría jurídica de terrorismo. Lo que resulta mucho más difícil es negar que la lógica del ataque fue una lógica de terror de Estado: provocar una destrucción instantánea y extraordinaria sobre una población para quebrar políticamente a un país y enviar un mensaje al resto del mundo.
Hiroshima no fue una operación quirúrgica ni un bombardeo dirigido exclusivamente contra tropas. Fue la eliminación masiva de civiles mediante un arma cuyos efectos no podían distinguir entre un cuartel, una escuela, un hospital o una vivienda.
La construcción del “mal necesario”
La defensa tradicional sostiene que el ataque evitó una invasión terrestre de Japón y salvó cientos de miles de vidas estadounidenses y japonesas. Esa explicación se transformó en la versión dominante de la posguerra, repetida por gobiernos, producciones audiovisuales, museos militares y buena parte de la industria cultural estadounidense.
La situación histórica fue más compleja. Japón estaba militarmente devastado, había perdido el control del espacio aéreo y marítimo y sufría el bloqueo, los bombardeos incendiarios y el colapso de su capacidad productiva. Pero no se había rendido formalmente y sectores importantes de la conducción militar pretendían continuar la resistencia o negociar condiciones que preservaran al emperador y parte del orden imperial.
Reconocer esta división interna no convierte automáticamente a Hiroshima en una necesidad. Demuestra que existían decisiones políticas y alternativas que podían explorarse: modificar las condiciones de rendición, permitir una demostración previa de la bomba, esperar el ingreso soviético en la guerra, prolongar el bloqueo o combinar esas opciones.
El propio Estudio Estratégico de Bombardeos de Estados Unidos, elaborado después de la guerra con testimonios de dirigentes japoneses, concluyó que Japón probablemente se habría rendido antes del 1 de noviembre de 1945 aun si las bombas atómicas no hubieran sido lanzadas, la Unión Soviética no hubiese ingresado en la guerra y no se hubiese planificado una invasión. El informe también advirtió que carecía de sentido atribuir la capitulación japonesa a una única causa: fue el resultado acumulado del bloqueo, las derrotas militares, los bombardeos convencionales, las bombas atómicas y la entrada soviética.
Esa conclusión oficial no cierra el debate historiográfico. Otros investigadores sostienen que la resistencia de los mandos japoneses hacía imposible una rendición rápida sin una conmoción extraordinaria. Pero sí destruye la certeza interesada con la que durante décadas se afirmó que Hiroshima era la única alternativa disponible.
El mensaje dirigido a Moscú
La bomba también debe comprenderse en el nacimiento del nuevo orden mundial. La Unión Soviética se preparaba para entrar en guerra contra Japón y Estados Unidos sabía que esa intervención podía darle a Moscú mayor influencia territorial y política en Asia.
La propia Oficina del Historiador del Departamento de Estado reconoce que los funcionarios estadounidenses evaluaron el efecto que la demostración del poder atómico tendría sobre sus relaciones con la Unión Soviética. Algunos esperaban que el monopolio nuclear y la destrucción exhibida en Japón fortalecieran la posición de Washington en las negociaciones sobre Asia y Europa. La dimensión geopolítica continúa siendo discutida entre historiadores, pero no puede ser descartada como propaganda: está documentada en los propios archivos estadounidenses.
Hiroshima fue, por lo tanto, algo más que el último acto de la Segunda Guerra Mundial. Fue uno de los primeros actos de la Guerra Fría.
Las víctimas japonesas fueron convertidas en el escenario donde Estados Unidos exhibió que poseía una fuerza capaz de destruir ciudades con una sola bomba. La población civil pagó el precio de esa demostración.
Un arma incompatible con la humanidad
El derecho internacional humanitario exige distinguir entre civiles y combatientes, prohíbe los ataques indiscriminados y obliga a evitar daños desproporcionados. El Comité Internacional de la Cruz Roja sostiene que resulta extremadamente difícil imaginar un uso de armas nucleares compatible con esos principios. La Corte Internacional de Justicia concluyó en 1996 que su empleo sería generalmente contrario a las normas aplicables durante los conflictos armados, aunque no pudo pronunciarse de manera definitiva sobre un supuesto extremo de supervivencia de un Estado.
En Hiroshima no existía una amenaza nuclear contra Estados Unidos ni una situación de supervivencia nacional. Existía una potencia derrotada militarmente, una guerra próxima a terminar y una ciudad llena de civiles utilizada como blanco para una fuerza destructiva que jamás había sido empleada contra seres humanos.
Por eso, calificar el ataque simplemente como un “mal necesario” no es una explicación histórica. Es una decisión política y moral: significa aceptar que una potencia vencedora puede exterminar a una población civil cuando considera que hacerlo acelera sus objetivos.
Recordar no alcanza
Ochenta y un años después, los gobiernos continúan pronunciando discursos de paz mientras amplían sus arsenales. En 2025, los nueve Estados poseedores de armas nucleares gastaron casi 119.000 millones de dólares en desarrollarlas y mantenerlas, un aumento del 19 por ciento en un solo año. Más de 12.000 ojivas continúan almacenadas en el planeta y miles se encuentran operativas.
La contradicción es obscena. Las potencias depositan flores en Hiroshima mientras financian armas mucho más destructivas que Little Boy. Condenan el horror ocurrido en 1945, pero conservan la doctrina que lo hizo posible: la idea de que la amenaza de exterminar ciudades enteras constituye una herramienta legítima de seguridad internacional.
El verdadero homenaje a Hiroshima no consiste en guardar un minuto de silencio cada 6 de agosto. Consiste en desmontar la mentira del “mal necesario”, rechazar la naturalización de la disuasión nuclear y exigir la eliminación de armas que no protegen a la humanidad: la mantienen permanentemente bajo amenaza.
Hiroshima no fue una abstracción estratégica ni un capítulo inevitable de la guerra. Fue una ciudad. Fueron niños que caminaban hacia la escuela, trabajadores que comenzaban su jornada, pacientes internados, médicos, enfermeras y familias enteras.
Y fue una decisión humana, política y consciente.
Presentarla todavía como una necesidad es continuar arrojando sobre las víctimas una segunda bomba: la del encubrimiento histórico.
Actualmente, nueve países poseen armas nucleares:
- Rusia
- Estados Unidos
- China
- Francia
- Reino Unido
- India
- Pakistán
- Israel
- Corea del Norte
Los cinco primeros —Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido— son reconocidos formalmente como Estados poseedores de armas nucleares por el Tratado de No Proliferación Nuclear. India, Pakistán e Israel nunca adhirieron al tratado; Corea del Norte anunció su retirada en 2003. Israel mantiene una política de ambigüedad y no reconoce oficialmente su arsenal, aunque los organismos especializados lo consideran una potencia nuclear.
Países como Alemania, Bélgica, Italia, Países Bajos y Turquía albergan armas nucleares estadounidenses dentro del sistema de “disuasión compartida” de la OTAN, pero no son considerados propietarios de arsenales nucleares propios.



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