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La valiente épica del fútbol y la cobarde irresponsabilidad de la política

La previa del partido entre Argentina e Inglaterra volvió a llenar las redes de llamados a una supuesta revancha por Malvinas. El fútbol puede expresar una identidad colectiva, pero no debe convertirse en el escenario donde descargamos las responsabilidades políticas que evitamos asumir como sociedad. La soberanía se defiende con memoria, diplomacia, desarrollo y decisiones económicas autónomas, no poniendo sobre once jugadores una carga que no les corresponde.
DE NUESTRA REDACCIÓN14/07/2026NeuquenNewsNeuquenNews

Este miércoles 15 de julio, desde las 16, Argentina e Inglaterra disputarán en Atlanta una de las semifinales del Mundial. Es un partido importante, cargado de historia futbolística y capaz de paralizar durante algunas horas a buena parte del país. Pero en las redes sociales hace tiempo dejó de hablarse solamente de fútbol.

Aparecieron las arengas patrióticas, las referencias a Malvinas, las imágenes de soldados, los llamados a una “revancha” y la pretensión de convertir un partido en una batalla simbólica por la soberanía nacional.

La Federación de Veteranos de Guerra 2 de Abril consideró necesario intervenir para recordar algo que nunca debería haber sido confundido: el encuentro no constituye “una revancha armada” ni una compensación histórica. También pidió mantener una línea clara entre la pasión deportiva y la causa nacional, evitando el odio y la xenofobia. Lionel Scaloni y el arquero inglés Jordan Pickford expresaron una idea semejante: lo que estará en juego será un partido de fútbol. 

Parece una aclaración elemental. Sin embargo, fue necesaria. Y el hecho de que haya sido necesaria dice bastante sobre nosotros.

Un país que necesita reconocerse

La psicología social estudia desde hace décadas la manera en que los grandes acontecimientos deportivos fortalecen las identidades colectivas. Durante un Mundial, millones de personas que tienen condiciones económicas, posiciones políticas, historias personales e intereses completamente diferentes pasan a reconocerse dentro de un mismo “nosotros”.

La camiseta, el himno, la bandera y los goles ofrecen una pertenencia inmediata. No exigen argumentos, programas políticos ni explicaciones. Basta con alentar.

Los grandes eventos deportivos producen emociones compartidas, contagio emocional y una sensación de unidad que puede ser auténtica, aunque generalmente sea transitoria. El fútbol funciona como un ritual colectivo: concentra la atención de millones de personas, genera símbolos comunes y permite experimentar durante algunas horas la sensación de formar parte de una comunidad cohesionada. 

En una Argentina fragmentada, empobrecida y atravesada por enfrentamientos permanentes, esa experiencia adquiere una potencia todavía mayor. El seleccionado ofrece algo que la política hace tiempo no consigue ofrecer: un espacio de identificación colectiva que no parece dividido entre vencedores y derrotados internos.

Pero para que esa identidad se vuelva más intensa suele necesitar también un adversario. Y pocos adversarios poseen para la memoria argentina una carga histórica tan profunda como Inglaterra.

No enfrentamos solamente a once futbolistas. En el imaginario colectivo aparecen el colonialismo, la guerra de 1982, los soldados muertos, la dictadura que utilizó el conflicto para intentar prolongarse en el poder y una herida territorial que continúa abierta.

El rival deportivo queda así convertido en la representación simplificada de una historia mucho más compleja.

La revancha imposible

El fútbol tiene la capacidad de producir compensaciones simbólicas. Ocurrió en México 1986, cuando los goles de Diego Maradona contra Inglaterra fueron interpretados por millones de argentinos como una reparación emocional después de la guerra.

Aquella victoria fue extraordinaria desde el punto de vista deportivo y cultural. Pero no modificó la situación territorial de las islas, no alteró la correlación diplomática internacional y no devolvió soberanía alguna.

Un gol puede producir alegría, orgullo y memoria. No puede reemplazar una política de Estado.

El problema no es que el partido despierte sentimientos vinculados con Malvinas. Sería absurdo pretender separar completamente el deporte de la historia de los pueblos. El problema aparece cuando la emoción simbólica ocupa el lugar de la responsabilidad política.

Depositamos en los jugadores una misión que no les corresponde porque resulta más sencillo pedirles que “venguen” a la patria que preguntarnos qué hacemos nosotros para defenderla.

La revancha futbolística ofrece una solución rápida, visible y emocional. Dura noventa minutos, tiene reglas conocidas y permite identificar con claridad quién gana y quién pierde. La disputa real por la soberanía, en cambio, exige décadas de diplomacia, construcción de consensos internacionales, políticas científicas, presencia en el Atlántico Sur, capacidad militar defensiva, desarrollo económico y continuidad institucional.

No tiene relato épico inmediato. No se resuelve con una corrida, una atajada o un penal.

El patriotismo cómodo

Existe además una forma de patriotismo cómodo. Es la que se indigna frente a una camiseta inglesa, pero permanece indiferente cuando el país resigna herramientas económicas, tecnológicas o estratégicas.

Mientras las redes discuten cuántos goles necesita Argentina para vengar Malvinas, el país atraviesa transformaciones profundas respecto de quién controla su infraestructura, sus servicios públicos, sus recursos naturales y su capacidad para definir políticas futuras.

El Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones garantiza a los proyectos adheridos estabilidad tributaria, aduanera, cambiaria y regulatoria durante treinta años. También permite que determinadas controversias sean llevadas a tribunales arbitrales internacionales y que la sede del arbitraje se establezca fuera de la Argentina.

El Gobierno nacional vendió toda la participación estatal en la sociedad controlante de Transener, empresa que administra una parte central de la red eléctrica de alta tensión, y abrió la licitación para transferir el 90 por ciento de las acciones estatales de AySA. El oficialismo presenta esas decisiones como mecanismos para conseguir inversiones y mejorar la eficiencia. También es legítimo analizarlas desde otro lugar: qué capacidad conserva el Estado para intervenir en áreas estratégicas y quién tomará las decisiones sobre infraestructuras indispensables para el desarrollo nacional. La pretendida aprobación de una ley que habilitará la compra de tierras sin limites por parte de extranjeros en lugares estratégicos que ningún país "serio" permitiría.

Estas discusiones no caben en una canción de cancha. Exigen información, participación ciudadana y definiciones políticas. Tal vez por eso generan menos entusiasmo que un partido.

Resulta mucho más fácil gritar contra Inglaterra durante una semifinal que discutir los límites que un país debe establecer al capital extranjero, el control de sus recursos, la dependencia financiera, la capacidad tecnológica, la política energética o el destino de sus empresas públicas.

La soberanía territorial conmueve porque tiene un mapa, una bandera y un adversario externo. La soberanía económica es más difícil de percibir. Se pierde o se debilita mediante leyes, contratos, concesiones, endeudamiento, renuncias regulatorias y decisiones administrativas que rara vez ocupan las pantallas durante más de algunos minutos.

Malvinas no necesita odio

La causa Malvinas no pertenece a una hinchada, un gobierno o una generación. Es una cuestión histórica, jurídica, territorial y diplomática que debe ser sostenida pacíficamente.

El 25 de junio de 2026, el Comité Especial de Descolonización de las Naciones Unidas volvió a solicitar que la Argentina y el Reino Unido reanuden las negociaciones bilaterales para encontrar una solución pacífica y definitiva a la disputa de soberanía. Ese es el terreno donde debe sostenerse el reclamo: el derecho internacional, la diplomacia y una política de Estado coherente. 

Convertir a los futbolistas ingleses en enemigos nacionales no fortalece esa posición. Tampoco honra a los 649 argentinos muertos durante la guerra. Los transforma en elementos de una escenografía deportiva que reduce una tragedia histórica a una consigna para redes sociales.

Los jugadores argentinos tampoco deben cargar sobre sus espaldas la obligación de reparar una derrota militar, resolver una disputa colonial o restaurar el orgullo nacional. Su responsabilidad es jugar al fútbol, representar dignamente al país y tratar de ganar.

Podemos alentar, emocionarnos y desear que Argentina llegue nuevamente a una final. No existe ninguna contradicción entre disfrutar del fútbol y mantener viva la memoria de Malvinas. La contradicción aparece cuando exigimos soberanía dentro de un estadio mientras aceptamos pasivamente que se debilite fuera de él.

La patria no se defiende solamente cuando suena el himno antes de un partido. Se defiende todos los días: cuando se protege el trabajo nacional, cuando se desarrolla conocimiento propio, cuando se preservan los recursos estratégicos, cuando se sostiene una política exterior independiente y cuando las decisiones centrales no quedan subordinadas a intereses ajenos.

Ganarle a Inglaterra sería una enorme alegría deportiva. Nada más, pero tampoco nada menos.

Malvinas seguirá siendo argentina en nuestra memoria y en nuestro reclamo, cualquiera sea el resultado. Porque la soberanía no se recupera con un gol, ni se defiende con un hashtag. Se construye con conciencia, coherencia y decisiones políticas.

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