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El Perú que el poder creyó silenciar: la lectura de Laura Arroyo sobre un voto que disputa el legado de Castillo

La periodista peruana Laura Arroyo —radicada en Madrid, una de las voces más combativas de la izquierda latinoamericana en la televisión europea— leyó el balotaje del domingo 7 de junio como lo que, para ella, verdaderamente es: un terremoto histórico-social, no un episodio electoral más. En su editorial, lo que está en juego no es un cargo ni un escándalo, sino el control casi total que un puñado de sectores minoritarios ejerce sobre los destinos del Perú, y la reaparición del Perú profundo al que esos sectores creyeron haber clausurado. El voto que hoy mantiene a Roberto Sánchez al frente del recuento por un margen mínimo es, en esa clave, la prueba de que el legado de Pedro Castillo sobrevivió a su caída y disputa el país palmo a palmo.
INTERNACIONALES10/06/2026NeuquenNewsNeuquenNews

Hay países donde una elección se explica por la economía del trimestre o por el último escándalo. Y hay países donde cada elección vuelve a poner sobre la mesa una pregunta mucho más antigua y más radical: quién tiene derecho a decidir el rumbo de la nación, y quién lo ha venido decidiendo en nombre de todos. El Perú, en la lectura que hizo Laura Arroyo tras el balotaje del 7 de junio, pertenece a la segunda categoría. Su editorial no transita la coyuntura: va directo a la estructura. A esa arquitectura de poder que, sostiene, gobierna el país muy por encima de quién ocupe el Palacio de Gobierno.

“Que vivan los pueblos que luchan contra viento, marea y poder”, repite a lo largo del texto, como un estribillo que ordena toda su argumentación. Ese “poder” no es, para Arroyo, el del gobierno de turno. Es el de un núcleo minoritario —económico, mediático— que concentra los resortes reales del país y dicta sus destinos con casi total independencia del voto. “Un poder que no estaba en palacio de gobierno”, escribe. “Un Perú donde mandan más los otros poderes que la investidura presidencial.” La política institucional, en esa mirada, es apenas la superficie de un orden más profundo y mucho menos democrático.

La fractura de fondo: dos Perúes

El corazón de la pieza es una tesis histórico-social antes que política. Arroyo recupera la vieja idea de los “dos Perúes” y la formula sin eufemismos: por un lado, el país “que siempre ha hablado y se ha visto”, minoritario y concentrado en el poder limeño; por el otro, el que “siempre ha sido excluido y condenado a la miseria, a la precariedad y al abuso”. No habla de polarización en el sentido corriente del término. Habla de una jerarquía construida durante siglos: un sector que se cree superior y administra la riqueza, los medios y las instituciones, frente a una mayoría a la que se le negó sistemáticamente la condición de actor político pleno.

Esa mayoría —rural, andina, provinciana, históricamente ninguneada por el centralismo costeño— es la protagonista de su relato. “Hoy por fin, este segundo Perú, el mayoritario y el verdadero, ruge como merece”, escribe. Lo que estaría en disputa en estas elecciones, entonces, no es un nombre ni un programa de gobierno, sino el reconocimiento mismo de ese Perú como sujeto con derecho a decidir. “El derecho a hacer política en el Perú —resume Arroyo— es decir, el derecho a existir.” La frase no es retórica: condensa la idea de que, para esa mayoría, participar en igualdad de condiciones nunca fue un punto de partida, sino una conquista siempre amenazada.

Castillo: un legado, no un expediente

Es en ese marco donde la figura de Pedro Castillo adquiere su verdadera dimensión. Arroyo no lo invoca como se invoca a un dirigente por sus méritos de gestión, ni se enreda en su suerte personal: lo lee como un símbolo. El maestro rural que llegó a la presidencia en 2021 representó, en su interpretación, la irrupción de esa mayoría excluida en el centro mismo del poder. “No era un presidente para el pueblo —escribe—, era el pueblo en la presidencia del Perú.” Cuando ese electorado lo vio llegar a Palacio, agrega, “no aplaudió a un presidente, aplaudió a su reflejo”. Por primera vez, el Perú postergado no se sentía representado: se sentía presente.

Por eso, en la lectura de Arroyo, Castillo significa mucho más que cualquier proceso en su contra. Lo que el poder buscó al apartarlo y mantenerlo encerrado no fue ajustar cuentas con un hombre, sino borrar políticamente al Perú que ese hombre encarnaba: demostrarle a esa mayoría que su paso por el poder había sido una anomalía, un paréntesis que no volvería a abrirse. La detención y la condena funcionaron, en ese relato, como el punto final que las minorías dominantes quisieron imponerle a toda una historia. Castillo, en suma, no como causa sino como legado: el de un sector que llegó, fue desalojado y al que se intentó convencer —y convencer al país entero— de que estaba derrotado para siempre.

El sector que el poder creyó haber silenciado

La gran apuesta interpretativa de Arroyo es esta: el establishment creyó que con Castillo fuera de juego había cerrado el capítulo. Y el resultado del 7 de junio le habría demostrado lo contrario. “¿Cómo es posible —se pregunta— que pese a todo eso su candidato pasara la segunda vuelta y pueda ganar hoy las elecciones?” La respuesta que ofrece no es institucional sino popular: “por la fortaleza de ese pueblo”, por una “terquedad” que no retrocedió “ni un centímetro” pese a años de demonización, exclusión y desgaste. El sector que se quiso silenciar no sólo no enmudeció: volvió a las urnas y reordenó la disputa nacional en torno a aquello que el poder daba por liquidado.

De ahí que Arroyo insista en que el verdadero sujeto de la elección no fue el candidato, sino el legado. “Estas elecciones las ha ganado el presidente Castillo —afirma—, no sólo por él, sino porque ha forzado a todo un país a mover sus coordenadas.” La idea es deliberadamente provocadora: la persistencia de una base social habría conseguido que la agenda nacional siguiera girando en torno a aquello que las élites consideraban un asunto saldado, obligando incluso a sectores del centro y del liberalismo limeño a aceptar que la pregunta seguía abierta. Lo que se votó, en esa clave, no fue un programa: fue si ese Perú tenía o no derecho a volver.

Soberanía y rebeldía en tiempos de intervencionismo

Sobre ese andamiaje histórico-social y de economía del poder, Arroyo monta su tesis regional, la que da sentido último a la editorial: “Perú acaba de dar un aire de soberanía y rebeldía en tiempos de intervencionismo a toda la región”. El “intervencionismo” que denuncia es doble. Hacia adentro, el de esas minorías económicas y mediáticas que condicionan la política peruana al margen de lo que decidan las urnas. Hacia afuera, el de los poderes externos —menciona expresamente a la embajada de Estados Unidos— que, en su relato, operaron “al unísono” para sostener ese orden. Frente a ambos, el resultado del domingo sería un acto de soberanía: un pueblo recuperando la capacidad de fijar su propio rumbo contra el peso combinado del dinero, los medios y la presión foránea.

La autora convierte entonces el caso peruano en lección continental, y la dirige sin rodeos a los movimientos populares de América Latina y de Europa: “Aprende Europa, aprende España”. Su método político lo resume en una serie de negativas: no renunciar a las convicciones “por más campañas de demonización”, no soltar “el brazo a nuestra gente”, no ceder “ni un centímetro” al discurso del poder. La imagen con la que cierra esa idea es la del país andino como faro: “un horizonte de esperanza que llega con viento de los Andes para toda la región”. Y una declaración de época: “Hoy más que nunca el norte está en el sur”.

Una victoria narrada en el filo

La épica de la editorial convive con un dato que la propia Arroyo no esquiva: el resultado todavía no es definitivo. Con cerca del 97% de las actas procesadas, Sánchez aventaja a su rival por alrededor de una décima de punto —una diferencia de pocas decenas de miles de votos sobre casi dieciocho millones de sufragios válidos—, en una de las elecciones más ajustadas de la historia reciente del Perú. El conteo sigue abierto. Por eso su texto termina con una advertencia dirigida a quienes, teme, podrían intentar disputar ese desenlace: “Si creen que nos van a robar esta victoria, no tienen ni idea del pueblo que ha despertado”.

Pero ese margen mínimo, lejos de debilitar su tesis, la confirma. Que un país se parta casi exactamente por la mitad entre la continuidad del orden y el heredero político de Castillo es, en su lectura, la mejor prueba de que el Perú que el poder creyó silenciar no sólo sobrevivió a la caída de su líder: hoy disputa la nación palmo a palmo. La editorial de Laura Arroyo es, sin duda, una toma de posición militante y no un balance neutral —no lo pretende—. Su valor está en la nitidez con que nombra lo que, para una parte de América Latina, se juega cada vez que un pueblo largamente excluido se acerca al poder: no un cargo, sino el derecho a existir políticamente. Si el Perú confirma en las próximas horas el rumbo que marcan las urnas, esa pregunta —y no la del recuento— será la que resuene en toda la región.

Compartimos el video con la editorial completa.

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