
A 31 años de su muerte: Jaime de Nevares, el obispo que eligió ponerse del lado de los perseguidos
NeuquenNewsCada 19 de mayo, en la provincia de Neuquén, el nombre de Jaime Francisco de Nevares vuelve a ocupar un lugar central en la memoria colectiva. No sólo por haber sido el primer obispo de la diócesis neuquina, sino porque su figura trascendió largamente el ámbito religioso para convertirse en un símbolo de compromiso social, defensa de los derechos humanos y cercanía con los sectores más vulnerables.

De Nevares murió en Neuquén el 19 de mayo de 1995, a los 80 años. Había nacido en Buenos Aires el 29 de enero de 1915 y fue designado obispo de Neuquén por el papa Juan XXIII el 12 de junio de 1961, apenas unos años después de la creación de la diócesis provincial.

Desde entonces comenzó a construir una relación profunda con el territorio patagónico y con sus conflictos sociales, laborales y humanos. Su mirada pastoral estuvo lejos de los privilegios o de las estructuras tradicionales de poder. Eligió recorrer barrios, comunidades rurales y campamentos petroleros, escuchando problemas concretos en una provincia que empezaba a transformarse por el crecimiento hidrocarburífero y las grandes obras de infraestructura.

Una voz incómoda para el poder
Durante los años setenta y especialmente durante la última dictadura militar argentina, Jaime de Nevares se convirtió en una de las voces más firmes contra la represión ilegal, las desapariciones forzadas y las violaciones a los derechos humanos.
Mientras gran parte de la dirigencia política, empresarial y también sectores de la Iglesia optaban por el silencio o la prudencia, De Nevares tomó una posición pública y directa. Recibió denuncias de familiares de desaparecidos, acompañó a perseguidos políticos y denunció abusos cometidos por las fuerzas represivas.
Fue uno de los fundadores de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos y también participó en la creación del Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos. Tras el retorno de la democracia, integró la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), creada en 1983 para investigar los crímenes cometidos durante el terrorismo de Estado.
Su presencia en esos espacios no fue simbólica. Para miles de personas representaba una garantía ética en tiempos donde el miedo todavía seguía presente.

El obispo de los trabajadores
Uno de los episodios más recordados de su trayectoria fue su acompañamiento a los obreros de la represa de Complejo Hidroeléctrico El Chocón durante los conflictos laborales de fines de los años 60 y comienzos de los 70.
En una época marcada por persecuciones sindicales y fuertes tensiones sociales, De Nevares respaldó públicamente los reclamos de los trabajadores y cuestionó los abusos de poder. Aquella postura lo enfrentó tanto con sectores políticos como empresariales y militares.
También mantuvo una relación cercana con comunidades mapuches y organizaciones sociales neuquinas, defendiendo el acceso a la tierra, la dignidad humana y la justicia social como pilares inseparables de su tarea religiosa.

Mucho más que una figura religiosa
Jaime de Nevares participó además del Concilio Vaticano II y de la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano realizada en Medellín en 1968, encuentros que marcaron una renovación profunda dentro de sectores de la Iglesia Católica y promovieron una visión más comprometida con las problemáticas sociales de América Latina.
Con el paso del tiempo, su figura quedó asociada a una forma de ejercer la autoridad basada más en la coherencia personal que en la estructura institucional. Incluso quienes no compartían sus ideas religiosas reconocían en él una conducta difícil de cuestionar.
En una época atravesada por la desconfianza hacia gran parte de las dirigencias políticas, empresariales e institucionales, la figura de Jaime de Nevares sigue apareciendo como referencia ética para muchos neuquinos. No por haber sido un hombre perfecto, sino porque mantuvo una coherencia poco frecuente entre lo que decía y lo que hacía.
Una memoria que sigue viva
En Neuquén, escuelas, calles, bibliotecas y espacios públicos llevan su nombre. Pero su legado excede los homenajes formales. Sigue presente cada vez que se habla de derechos humanos, de justicia social o de la necesidad de que las instituciones no se mantengan indiferentes frente al sufrimiento humano.
En tiempos donde el discurso público suele quedar atrapado entre relatos, slogans y disputas de poder, recordar a Jaime de Nevares también obliga a preguntarse cuánto cuesta hoy sostener convicciones cuando hacerlo implica enfrentar intereses, incomodar al poder o asumir consecuencias personales.
Porque si algo dejó marcado el obispo neuquino fue precisamente eso: la idea de que la neutralidad frente a la injusticia nunca es realmente neutral.


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