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La libertad de expresión con nombre y apellido: los grandes medios y el doble estándar que Fontevecchia se animó a nombrar

El prestigioso director de Perfil abrió un debate incómodo para la corporación periodística argentina: ¿la defensa de la libertad de prensa depende del color político del gobierno de turno? Los casos Viale y Longobardi como espejo de una práctica que pocos del establishment mediático se atreven a reconocer.
13/03/2026NeuquenNewsNeuquenNews

Hay verdades que duelen más cuando las dice uno de los propios. Jorge Fontevecchia no es un periodista marginal ni un outsider del sistema mediático argentino. Es el fundador y director del Grupo Perfil, uno de los pocos multimedios independientes que sobrevivió a décadas de presiones, vaivenes económicos y gobiernos de distinto signo. Por eso cuando abre la boca para señalar a la corporación de la que forma parte, vale la pena escuchar.

Y lo que dice es incómodo.

El antiperonismo como sentido común mediático

La reflexión de Fontevecchia es tan sencilla como políticamente incorrecta en los salones del periodismo hegemónico: los grandes medios argentinos tienen un antiperonismo tan naturalizado, tan incorporado como reflejo cultural, que termina funcionando como escudo protector para cualquier gobierno que no provenga de ese espacio político.

"Es interesante reflexionar si el tradicional antiperonismo de los medios más importantes de la Argentina, casi diría con una distancia estética, que incluye también a Perfil, genera blindajes a cualquier gobierno que no sea peronista para que no se le puedan hacer estas mismas cosas que se le pedían al gobierno de Cristina Kirchner", expresó el periodista. Y remató con una frase que debería enmarcarse en cada redacción del país: "Sería ideal que nuevamente los periodistas reclamemos que haya conferencias de prensa a un gobierno que no sea peronista".

No es una novedad sociológica. Pero que alguien de su peso lo nombre así, con esa precisión, es significativo. Y el hecho de que esa frase haya circulado sin mayor repercusión en los grandes medios que debería interpelar dice, en sí mismo, todo sobre el problema que señala.

Viale y Longobardi: dos destinos, el mismo patrón

Los casos que señala Fontevecchia son ilustrativos precisamente porque muestran dos variantes de una misma estrategia de control sobre el periodismo.

Jonatan Viale representa el periodista cooptado: aquel que termina operando como vocero informal de un poder que dice enfrentar. El resultado, según Fontevecchia, es un periodismo "despojado de todo contenido" que "se desprestigia profesionalmente". Una rendición que no se declara pero se practica.

Marcelo Longobardi representa el caso inverso y más brutal. Según el director de Perfil, "Karina Milei presionó a las autoridades de la radio para que despidan al periodista" de Radio Rivadavia. Longobardi fue insultado sistemáticamente por el presidente y su aparato de redes sociales, y luego desplazado de su programa. La conclusión de Fontevecchia es nítida: "cualquiera sea el camino que se toma frente al gobierno, si es el de Viale o el de Longobardi, se entiende que la gestión libertaria busca destruir al periodismo. Sea por lo que copta y lo despoja de todo contenido y lo desprestigia profesionalmente, o por lo que ataca, descalifica e intenta destruir de su reputación".

Ante ese episodio, el silencio de buena parte del establishment mediático fue ensordecedor.

La estrategia que el poder no oculta

Lo que describe Fontevecchia no es especulación. Es una política documentada. "A los periodistas que cuestionan aspectos de este gobierno se los acusa de cometer delitos o se los intenta ridiculizar. Se trata de destruir su reputación. Se apunta contra los medios en los que trabajan para quitarles la publicidad estatal y se la redirige a medios complacientes; se les niega el acceso a las fuentes oficiales", escribió el propio Fontevecchia en una de sus columnas. La descripción abarca tres frentes simultáneos: judicial, económico y comunicacional. No es improviso. Es un sistema.

Un estudio de Amnistía Internacional Argentina advirtió que, en los primeros 180 días de gestión, el presidente atacó a más de 20 periodistas y personalidades de la cultura, es decir, al menos una agresión cada 10 días. 

El investigador Guillermo Mastrini, especializado en Derecho a la Información, advirtió que esto no es espontáneo: "No hay que olvidarse que Milei llegó a la política desde la comunicación y en este terreno construyó su figura". Sabe exactamente lo que hace y por qué lo hace.

Los insultos que quedaron impunes

El expediente judicial que abrió Fontevecchia contra Milei por injurias ilumina otro ángulo del problema. Las expresiones presidenciales sobre el director de Perfil incluyeron términos como "quebrador serial", "vive de la pauta", "es parte de la casta", "empresario prebendario", "periodista ensobrado", "carmeleado que da miedo". La Cámara de Casación confirmó el sobreseimiento del presidente, considerando que sus dichos constituyen ejercicio de la libertad de expresión.

La paradoja es mayúscula: el mismo gobierno que usa la libertad de expresión como escudo para insultar a periodistas presiona para que esos periodistas sean echados de sus trabajos cuando ejercen esa misma libertad con criterio crítico.

Ante la avalancha, el establishment mediático encontró matices donde antes veía principios. Los mismos que llenaron páginas y minutos de aire defendiendo la libertad de expresión bajo otros gobiernos administraron con cuentagotas su solidaridad corporativa cuando los afectados eran colegas bajo presión libertaria.

La pregunta que nadie quiere responder

¿Por qué? La respuesta más honesta la da el propio Fontevecchia: porque el antiperonismo es el agua en la que nadan los peces más grandes del periodismo argentino. Tan naturalizado que ya no se percibe como sesgo sino como neutralidad. Tan incorporado que atacar a un gobierno peronista se siente como ejercer el periodismo, mientras que atacar a uno no peronista se siente como hacer política.

Ricardo Roa, editor general adjunto de Clarín, reconoció en la Feria del Libro que "Javier Milei ha insistido en que los periodistas somos profetas del odio, al igual que Cristina Kirchner, hace una campaña contra el periodismo". Es un señalamiento correcto. Pero la pregunta es si la respuesta corporativa ante esa campaña fue proporcional a la que se dio en otros momentos con otros gobiernos. La respuesta, para quien quiera verla, es no.

The New York Times, al recibir el Premio Perfil 2024 en la categoría Libertad de Expresión Internacional, advirtió que "vivimos en una era sostenida de polarización, donde el trabajo del periodismo se ha vuelto aún más difícil. Las amenazas, el acoso y los ataques contra periodistas continúan escalando", señalando la convergencia entre lo que ocurre en Argentina y en Estados Unidos bajo Trump. El paralelismo es iluminador: en ambos países, el poder ataca a los medios con los mismos mecanismos, y en ambos países una parte de la corporación mediática demora en reconocer la amenaza cuando el atacante no proviene del espacio político que históricamente señaló como peligroso.

El peligro de la libertad de expresión selectiva

La libertad de expresión no es un instrumento partidario. No puede encenderse y apagarse según quien ocupe la Casa Rosada. Cuando funciona así, deja de ser un principio democrático para convertirse en una herramienta de disputa facciosa.

Roa lo dijo con claridad en la Feria del Libro: "tenemos que seguir contando lo que pasa y denunciar los agravios, una cosa es criticar a un periodista que opina, y otra es atacar a un periodista que cubre y no tiene capacidad de defenderse, tenemos que poder neutralizar estos ataques con el apoyo de todos los medios". El problema es que ese "apoyo de todos los medios" brilló por su ausencia en más de una ocasión. Pedir solidaridad corporativa después de haber administrado selectivamente la propia es, cuando menos, contradictorio.

Lo que Fontevecchia se animó a decir

En última instancia, el mérito de la reflexión de Fontevecchia es de diagnóstico. No pide que los grandes medios ataquen al gobierno libertario. Pide que apliquen los mismos estándares que aplicaron con otros gobiernos. Pide que exijan conferencias de prensa. Pide que denuncien con el mismo volumen cuando un periodista es echado por presión del poder, independientemente de su signo político.

Es un reclamo que parece obvio. Que haya que pronunciarlo en voz alta revela todo sobre el estado del periodismo argentino en 2026.

Fontevecchia coincide con la tesis del New York Times: la independencia periodística es "más difícil que nunca, más rara que nunca y más importante que nunca". Agregaríamos: y más necesaria que nunca también hacia adentro. Porque el doble estándar no solo daña la credibilidad de quienes lo practican. Daña a toda la profesión. Y cuando la profesión pierde credibilidad, gana el poder que la ataca.

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