La conducción de la compañía, encabezada por Horacio Marín, sostiene que el programa de inversiones fue diseñado para resistir escenarios de precios más bajos sin necesidad de recortar el gasto. La afirmación —“nuestro capex no cambia si el barril vale 70 o 55 dólares”— no es menor. En la industria petrolera, donde los ciclos de inversión suelen reaccionar de manera directa a los precios, sostener el ritmo en un escenario adverso implica apostar al largo plazo y asumir que la rentabilidad futura compensará los riesgos presentes.
Durante los últimos doce meses hasta septiembre, YPF destinó alrededor de 3.500 millones de dólares al upstream, principalmente en Vaca Muerta, y proyecta mantener niveles similares. El objetivo es elevar la producción de shale oil por encima de los 200.000 barriles diarios en 2026, frente a los 170.000 registrados hacia fines de 2025. Esta meta refleja una estrategia basada en volumen, eficiencia y reducción de costos, tres variables que la compañía viene trabajando mediante venta de activos, optimización operativa y reorganización financiera. Solo las desinversiones recientes generaron cerca de 1.000 millones de dólares, fortaleciendo el balance y creando un colchón frente a eventuales caídas del precio internacional.
Detrás de esta política aparece también la lógica macroeconómica del gobierno nacional. Vaca Muerta es uno de los pilares sobre los que se proyecta el equilibrio externo argentino. El crecimiento de la producción hidrocarburífera y el aumento de las exportaciones energéticas son vistos como herramientas centrales para sostener el ingreso de divisas. En ese marco, la ampliación del régimen de incentivos RIGI al upstream petrolero marca un cambio estructural: el Estado busca consolidar un marco de previsibilidad fiscal y cambiaria para inversiones de gran escala, con el objetivo de acelerar el desarrollo del shale.
Pero la apuesta de YPF no se limita al petróleo. El proyecto de exportación de gas natural licuado (GNL) junto a Eni y XRG representa una de las iniciativas energéticas más ambiciosas de la historia argentina. La meta de exportar 12 millones de toneladas anuales mediante dos unidades flotantes de licuefacción implica inversiones superiores a los 14.000 millones de dólares y una arquitectura financiera internacional compleja, actualmente en estructuración. Si el cronograma se cumple, la decisión final de inversión llegará en 2026 y las exportaciones comenzarían hacia 2030 o 2031. El proyecto no solo ampliaría la capacidad exportadora del país, sino que consolidaría a Argentina como proveedor global de gas en un mercado cada vez más competitivo.
En paralelo, la apertura del sector y los incentivos al capital internacional comienzan a mostrar resultados. La llegada de empresas vinculadas al shale estadounidense, como Continental Resources, señala que Vaca Muerta ya es percibida como una oportunidad estratégica fuera de la Cuenca Pérmica. La transferencia de tecnología, experiencia operativa y capital puede acelerar la curva de productividad del shale argentino, aunque también introduce nuevos desafíos en materia de competitividad, infraestructura y regulación.
Los mercados financieros acompañan, al menos por ahora. Las acciones de YPF en Nueva York han mostrado una tendencia ascendente desde el cambio de gobierno, reflejando expectativas sobre el crecimiento de la producción, la disciplina financiera y el potencial exportador. Analistas proyectan que el superávit comercial energético argentino podría ubicarse entre 8.500 y 10.000 millones de dólares en 2026, impulsado fundamentalmente por Vaca Muerta.
Sin embargo, el escenario no está exento de riesgos. El precio internacional del petróleo sigue siendo una variable incierta, la transición energética global introduce tensiones de largo plazo, y la necesidad de financiamiento para proyectos de gran escala exige estabilidad macroeconómica y reglas claras sostenidas en el tiempo. En ese equilibrio entre oportunidad y vulnerabilidad se mueve hoy la estrategia de YPF.
La decisión de mantener la inversión aun en un contexto adverso revela una visión: consolidar volumen, ganar eficiencia y posicionar a Vaca Muerta como plataforma exportadora estructural. El resultado dependerá no solo del precio del petróleo, sino de la capacidad del país para sostener políticas estables, atraer capital y transformar el potencial geológico en desarrollo económico real.
Fuentes: Reuters, bnamericas












