
Ramón Carrillo, el médico que entendió que la salud también es justicia social
NeuquenNews
Hay nombres que incomodan porque obligan a pensar el país que fuimos y el que decidimos no ser. Ramón Carrillo es uno de ellos. Médico brillante, sanitarista visionario y primer Ministro de Salud Pública de la Nación, Carrillo no solo transformó la medicina argentina: cambió la forma de entender la salud como un derecho y no como un privilegio.
Ayer se cumplió un nuevo aniversario de su fallecimiento, ocurrido el 20 de diciembre de 1956 en Belém do Pará, Brasil. No se trata de una efeméride más en el calendario: es una fecha que invita a volver sobre su legado, a revisar qué lugar ocupa hoy la salud pública en la Argentina y a preguntarnos cuánto de aquella concepción humanista y federal del sistema sanitario sigue vigente y cuánto fue erosionado por decisiones políticas posteriores.
Nacido en Santiago del Estero en 1906, Carrillo fue un prodigio académico. Se graduó con medalla de oro en la Universidad de Buenos Aires y desarrolló una destacada carrera en el campo de las neurociencias. Pero su verdadero giro no fue científico sino ético: entendió que la enfermedad no se combate solo en quirófanos, sino en las condiciones de vida de la población.
Cuando asumió al frente del Ministerio de Salud durante los gobiernos de Juan Domingo Perón, puso en marcha una de las políticas sanitarias más ambiciosas de la historia argentina. Hospitales, policlínicos, campañas masivas de vacunación, erradicación de enfermedades endémicas, formación de recursos humanos y una mirada federal que llevó el Estado a donde antes no llegaba. En pocos años, la mortalidad infantil cayó de manera significativa y el acceso a la salud dejó de ser una excepción.
Además de su gestión, Ramón Carrillo dejó una obra escrita fundamental para el sanitarismo argentino. En Teoría del Hospital (1946) desarrolló una concepción integral del sistema de salud, basada en la planificación, la regionalización sanitaria y la articulación entre prevención y atención médica.
A lo largo de conferencias, documentos oficiales y artículos reunidos bajo el eje de la Política Sanitaria Argentina (entre 1947 y 1954), sostuvo que la salud debía ser una política de Estado y no un servicio residual, vinculando directamente enfermedad y condiciones sociales.
A ello se suma su producción científica previa en neurobiología y neurocirugía durante las décadas de 1930 y 1940, reconocida en ámbitos académicos nacionales e internacionales, que da cuenta de su formación rigurosa y de la solidez intelectual que respaldó su acción pública.
Carrillo sostenía algo que hoy parece subversivo: “Frente a las enfermedades que genera la miseria, los microbios son unas pobres causas”. No era una consigna. Era un diagnóstico político. Para él, la salud estaba indisolublemente ligada al trabajo, la vivienda, la alimentación y la dignidad. Esa concepción lo ubicó, sin ambigüedades, del lado de un Estado presente y de un proyecto político que ampliaba derechos.
Ese fue también su pecado histórico.
En un clima de creciente hostilidad política y desgaste personal, Carrillo dejó la Argentina en 1954. Tras el golpe de Estado de 1955 que derrocó a Perón, su situación se agravó: fue definitivamente marginado del país, de la función pública y del reconocimiento a su obra. Vivió en el exterior con serias dificultades económicas y un deterioro progresivo de su salud.
Murió en 1956, en Belém do Pará, Brasil, con apenas 50 años. Lo hizo lejos del país al que había dedicado su talento y su vida, vinculado a tareas médicas y científicas, sin homenajes ni honores oficiales. No murió derrotado. Murió coherente.
Durante décadas, su nombre fue silenciado o reducido a una nota al pie. Recién con el tiempo comenzó una lenta reparación histórica: hospitales que llevan su nombre, estudios que rescatan su obra, y una verdad que resulta incómoda para ciertos relatos: el mejor sistema sanitario que conoció la Argentina nació cuando el Estado decidió hacerse cargo de los que no tenían nada.
Ayer se cumplió un nuevo aniversario de su muerte. Recordar a Ramón Carrillo no es un ejercicio nostálgico. Es un acto político y moral. Porque hablar de salud pública hoy —en un país atravesado por recortes, discursos meritocráticos y desdén por lo colectivo— exige volver a quienes entendieron que sin justicia social no hay salud posible.
Carrillo eligió un lado. Pagó el precio. Y dejó una obra que todavía interpela.



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