
"La otra Neuquén" y el misterio del escritor fantasma

En los pasillos del poder, en algunas tertulias y eventuales actos oficiales, circula desde hace unos días una versión que se repite con más entusiasmo que argumentos: dicen que quien suscribe es el responsable de una página llamada “La Otra Neuquén”, un espacio que expone, denuncia y pone bajo la lupa problemas del Estado, posibles hechos de corrupción, nepotismo, negocios y manejos poco claros de la administración pública y de sus principales actores.
La historia tiene condimentos muy oportunos: ya existe un distanciamiento personal con el gobernador Rolando Figueroa, además de una crítica mediática al ministro Jorge Tobares por su “complicidad”, por acción u omisión, en la estafa de la cooperativa Las 127 Has. Entonces, el rompecabezas —la caza de brujas— parece cerrar impecable. Caso resuelto. Culpable encontrado.
No importa demasiado que no exista un indicio cierto y real, ni un argumento sólido que confirme esa afirmación. No importa que no haya pruebas. Lo importante, al parecer, es que tener un nombre propio alivia, ordena sospechas y, de paso, tranquiliza a algunos que, ante el misterio del “escritor fantasma”, estaban bajo la lupa. Cuando el miedo y la desconfianza circulan por dentro, encontrar un “enemigo” identificable suele funcionar como calmante.
Lo curioso —y acá empieza lo interesante— es el nivel de celo que despierta la publicación de datos bien fundamentados, precisos, chequeables. Datos que, según la mirada del poder (de ahí la preocupación), solo podría manejar alguien “de adentro”. O al menos alguien con capacidad de acceder, revisar e interpretar documentos que, si bien son de libre acceso, requieren cierto conocimiento de la cosa pública. ¿Algún exfuncionario, tal vez?.
Esta idea dice más del gobierno que de quien escribe. Porque un gobierno sólido no se obsesiona con quién publica, sino con qué se publica. Y si lo que se publica incomoda, la respuesta democrática es simple: explicar, aclarar, corregir. Pero cuando, en lugar de eso, se busca castigar, perseguir o señalar, el mensaje parece ser otro: hay fragilidad política, hay desconfianza interna, hay temor —tal vez— a que algunas cuestiones más comprometedoras puedan salir a la luz.
Neuquén tiene larga experiencia en estos escenarios. Acá el poder suele confundirse con permanencia, y la crítica con traición. No rendir pleitesía se vive como provocación. No aplaudir, como ataque. Y preguntar, como conspiración. La paranoia lleva incluso a desconocer a los propios, a quienes tienen una trayectoria que los avala más que cualquier discurso.
Sun Tzu lo plantea de forma clara en El arte de la guerra:
“Si desconfías de todos, inevitablemente provocarás la traición.”
Hay algo casi irónico en todo esto. En lugar de ocuparse de los problemas reales —los que afectan a la gente común, los que erosionan la confianza pública— como la salud, la inseguridad y la educación, se pierde tiempo en armar relatos internos sobre quién escribe, quién filtra, quién “opera”. Como si el problema fuera el mensajero y no el mensaje.
Desde una mirada sencilla, casi filosófica, la cuestión es simple: cuando quienes gobiernan se sienten fuertes, no necesitan inventarse enemigos. Cuando lo hacen, es porque algo no está bien por dentro. La sospecha permanente, así como el control obsesivo de los medios de comunicación, no es señal de inteligencia política; es señal de inseguridad y debilidad.
Tal vez el gobierno de turno tenga asuntos más urgentes que dedicarse a perseguir a quienes no le rinden homenaje. Al final del día, uno es apenas un ciudadano común, que no es enemigo del gobierno ni de ningún gobernante, pero que elige la dignidad como bastión innegociable, la familia como centro de todo y el bien común como brújula profesional.
Hay, además, un dato que suele omitirse en estas conjeturas: yo no me oculto. No escribo desde el anonimato ni detrás de perfiles falsos. Doy la cara, pongo el nombre y asumo lo que digo. Me expreso públicamente a través de Neuquén News, en la web, y en los programas MalPensa2 y Desafío Energético, en streaming, donde opino, pregunto y analizo frontalmente.
Tal vez, y a modo de sugerencia, convendría menos paranoia y más gestión. Menos fantasmas y más respuestas. Porque, al final del día, culpar a alguien siempre es más fácil que mirarse al espejo.
Y ese espejo —aunque no les guste— también es público.
Posdata: Yo no soy "La Otra Neuquén", Adrián Giannetti


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