
La fe, el poder y los negocios: la grieta que divide a los evangélicos
NeuquenNewsEl Evangelio parece tener interpretaciones bastante diferentes según quién ocupe el púlpito y quién esté sentado en primera fila. En Neuquén, Javier Milei fue recibido con honores por el pastor Hugo Márquez, padre de la senadora libertaria Nadia Márquez, durante la inauguración del nuevo auditorio de la iglesia Jesús es Rey. Allí habló de Dios, de moral, de capitalismo y de las virtudes de su programa económico. El pastor lo escuchó, lo acompañó y oró por él.
A varios cientos de kilómetros, otros pastores evangélicos llevan tiempo denunciando que ese mismo presidente promueve el odio, desprecia a los pobres y utiliza las Escrituras para justificar decisiones que contradicen las enseñanzas de Jesucristo.
Todos pertenecen al universo evangélico. Todos invocan la misma fe. Pero mientras unos encuentran motivos para celebrar la cercanía con el presidente, otros consideran que esa relación está comprometiendo la independencia moral de las iglesias.
La diferencia no parece estar solamente en la interpretación de la Biblia. También intervienen la política, los intereses institucionales y los beneficios que ofrece una buena relación con el poder.
Los pastores que se animaron a contradecir al presidente
Norberto Saracco es uno de los referentes históricos del pentecostalismo argentino y forma parte de la dirigencia de ACIERA, la alianza de iglesias evangélicas en la que también participa Hugo Márquez.
En julio de 2025, después de que Milei utilizara el púlpito de la iglesia Portal del Cielo, en Chaco, para defender sus políticas económicas y atacar a sus adversarios, Saracco cuestionó duramente lo ocurrido.
Su crítica fue directa: una iglesia no debería convertirse en una tribuna partidaria ni prestar su autoridad espiritual para legitimar los insultos de un gobernante.
Saracco advirtió entonces sobre el peligro de mezclar la fe con los intereses políticos. No estaba hablando desde una organización opositora al cristianismo. Era un pastor cuestionando a otros pastores por permitir que el presidente utilizara un templo para hacer política.
Leonardo Schindler, entonces presidente de la Federación Argentina de Iglesias Evangélicas (FAIE), fue igualmente contundente. Cuestionó el carácter deshumanizante de distintas expresiones presidenciales y rechazó que Milei presentara sus interpretaciones económicas como verdades religiosas.
La FAIE ya había expresado institucionalmente su rechazo a los discursos de violencia y discriminación, defendiendo el amor al prójimo, la solidaridad y la justicia como principios inseparables del cristianismo.
También el teólogo evangélico Néstor Míguez decidió confrontar al presidente en el terreno donde este se siente más cómodo: las Escrituras.
En una carta abierta publicada en julio de 2026, Míguez recordó que la Biblia contiene disposiciones sobre la protección de los pobres, la remisión de deudas y las limitaciones a la acumulación de riquezas.
Son textos que Milei difícilmente podría utilizar para justificar su interpretación de la justicia social como una forma de robo.
En el Antiguo Testamento, Deuteronomio 15 establece la remisión periódica de deudas y ordena abrir la mano ante las necesidades de los pobres. En el Evangelio de Mateo, Jesús coloca la asistencia a los hambrientos, enfermos y extranjeros entre los deberes fundamentales de sus seguidores.
Milei, sin embargo, encuentra en esas mismas tradiciones religiosas los fundamentos de su programa libertario.
La Biblia tiene muchos libros. Evidentemente, algunos resultan más convenientes que otros cuando se trata de defender el ajuste fiscal.
El Evangelio contra los discursos de odio
La contradicción se vuelve más evidente cuando se comparan las declaraciones públicas del presidente con las enseñanzas cristianas.
Milei convirtió la frase “No odiamos lo suficiente a los periodistas” en una consigna recurrente. También llamó “zurdos roñosos” a sus adversarios, utilizó expresiones degradantes contra sectores políticos y calificó a la ideología woke como un cáncer que debía ser extirpado.
El Evangelio de Mateo, capítulo 5, enseña a amar a los enemigos. Santiago, en su capítulo 3, cuestiona que de una misma boca procedan bendiciones y maldiciones.
El problema no está en que Milei sea liberal, conservador o contrario al socialismo. Puede defender esas posiciones sin inconvenientes. La contradicción aparece cuando convierte el insulto en una herramienta política y, al mismo tiempo, se presenta como defensor de una moral inspirada en el cristianismo.
Y resulta todavía más llamativa cuando los encargados de predicar el amor al prójimo evitan cuestionar esas conductas porque provienen de un presidente con el que mantienen afinidad política.
La pregunta que plantean Saracco, Schindler y Míguez es sencilla: ¿de qué sirven las enseñanzas de Jesús si dejan de aplicarse cuando el protagonista es un aliado del poder?
El negocio político de la fe
La alianza entre sectores evangélicos conservadores y movimientos de derecha tiene antecedentes conocidos en América Latina.
Jair Bolsonaro construyó en Brasil una relación estrecha con importantes organizaciones religiosas. Donald Trump hizo lo propio en Estados Unidos, donde el evangelismo conservador constituye uno de los componentes más influyentes de su base política.
La Argentina está recorriendo un camino semejante.
Para La Libertad Avanza, las organizaciones evangélicas representan una oportunidad política considerable. Tienen presencia territorial, espacios de reunión, redes comunitarias y dirigentes capaces de llegar a miles de personas.
Según la encuesta nacional sobre creencias religiosas realizada en 2019, el 15,3% de la población argentina se identificaba como evangélica. Es una comunidad diversa, pero su organización y presencia social la convierten en un ámbito de interés para cualquier fuerza política.
La conveniencia funciona en ambas direcciones.
Para determinados dirigentes religiosos, acercarse al Gobierno significa ampliar su interlocución con funcionarios, obtener reconocimiento institucional y participar en decisiones o programas públicos.
La Nación documentó en agosto de 2025 la estrategia oficialista de acercamiento a diferentes congregaciones, la participación de pastores en actividades políticas y las relaciones que el Gobierno había desarrollado con organizaciones evangélicas.
No hace falta imaginar conspiraciones para comprender el funcionamiento de esta alianza. Los partidos buscan respaldo social y las instituciones buscan influencia. Cuando ambos intereses coinciden, las relaciones se fortalecen.
El problema aparece cuando la estructura religiosa comienza a funcionar como una prolongación de la estructura partidaria y la autoridad espiritual del pastor termina convertida en un recurso de legitimación política.
El fiel llega al templo para escuchar el Evangelio y puede encontrarse con una defensa del programa económico presidencial. Una cosa es predicar. Otra es hacer campaña con la Biblia abierta sobre el atril.
La relación también tiene beneficios materiales
El acercamiento entre el Gobierno y determinadas organizaciones evangélicas no se reduce a ceremonias y fotografías.
En febrero de 2024, el Ministerio de Capital Humano firmó con ACIERA un convenio por 177,5 millones de pesos destinado a financiar módulos alimentarios para 36.150 personas, mediante una red de 723 puntos de distribución.
En 2025, el Gobierno también avanzó con cambios normativos que facilitaron el reconocimiento jurídico y contable de iglesias y organizaciones religiosas no católicas, una demanda histórica de esas comunidades.
La Nación documentó, además, la entrega de grandes cantidades de mercadería proveniente de rezagos aduaneros a fundaciones vinculadas con distintas congregaciones evangélicas.
Se trata de programas públicos y beneficios institucionales concretos. Los convenios de asistencia no demuestran financiación partidaria, pero forman parte de una relación cada vez más estrecha entre el Estado y organizaciones cuyos dirigentes, en algunos casos, expresan una clara identificación con el oficialismo.
La dimensión económica de esa relación resulta especialmente interesante frente al discurso de Milei.
El presidente cuestiona la justicia social, desconfía de la redistribución estatal y sostiene que la asistencia debe surgir de la voluntad individual. Sin embargo, su Gobierno utiliza recursos públicos para financiar programas sociales ejecutados por organizaciones religiosas.
Los alimentos se compran con dinero del Estado. La diferencia es quién los distribuye. La solidaridad financiada con impuestos parece encontrar una interpretación más favorable cuando pasa por determinadas instituciones.
Y también conviene recordar que los beneficios de una relación política no siempre consisten en dinero. El acceso a funcionarios, el reconocimiento estatal, la participación en programas y la visibilidad pública pueden tener un valor considerable para cualquier organización.
Neuquén: la familia Márquez y la cercanía con el poder
En Neuquén, la relación entre religión y política tiene nombres propios. Hugo Márquez conduce una de las congregaciones evangélicas más conocidas de la provincia y mantiene una extensa trayectoria de vinculación institucional con distintos sectores del poder.
Su hija Nadia Márquez comenzó su actividad partidaria vinculada con el Movimiento Popular Neuquino, posteriormente fue mutando su pertenencia política hasta llegar a La Libertad Avanza y llegó al Congreso nacional, primero como diputada y luego como senadora.
La inauguración del auditorio de Jesús es Rey, el 31 de octubre, permitió reunir en una misma ceremonia al presidente de la Nación, un influyente pastor y una legisladora nacional del oficialismo.
El edificio fue construido durante aproximadamente quince años mediante aportes de la congregación, según explicaron sus responsables. No hay documentación que vincule su financiación con el convenio alimentario nacional de ACIERA, de hecho se desconoce en detalle el origen de los fondos. El aporte de los feligreses dicen.
Pero el vínculo político entre sus protagonistas es público y evidente. Un día antes de la inauguración, Hugo Márquez había declarado a Letra P que ningún presidente había hecho tanto por los evangélicos.
La frase dice bastante sobre la forma en que evalúa la relación con el Gobierno. No se refiere solamente a una coincidencia espiritual, sino también al reconocimiento y a las decisiones institucionales de una administración.
Durante la ceremonia, Milei defendió su proyecto económico desde el púlpito y habló incluso de sus perspectivas políticas futuras. La escena resumió una alianza donde la religión aporta legitimidad y el poder político ofrece reconocimiento.
Mientras tanto, otros pastores de la misma fe cuestionan públicamente la hostilidad del mandatario hacia quienes piensan diferente.
La diferencia es notable: para unos, el presidente merece un lugar destacado en el templo; para otros, necesita recordar algunas enseñanzas elementales del Evangelio.
La otra iglesia no necesita estar cerca del poder
La otra iglesia existe y tiene referentes que no permanecieron en silencio. Es la de Saracco, que cuestionó el uso partidario del púlpito. La de Schindler, que denunció las expresiones deshumanizantes del presidente. La de Míguez, que recurrió a las Escrituras para discutir la apropiación política de los valores judeocristianos.
También es la de numerosos creyentes que participan de sus comunidades sin considerar que su fe los obligue a acompañar a Milei ni a ningún otro dirigente.
Esa iglesia no renuncia a intervenir en los asuntos públicos. Simplemente entiende que su responsabilidad religiosa incluye la posibilidad de cuestionar a quienes gobiernan.
La diferencia es fundamental.
Una iglesia que conserva su independencia puede acompañar una decisión que considera acertada y rechazar otra que contradice sus principios. Una institución demasiado identificada con un partido corre el riesgo de justificar ambas, aun cuando sean incompatibles entre sí.
Y cuando eso sucede, los valores religiosos dejan de ser una referencia moral para transformarse en argumentos que se utilizan según las necesidades del momento.
La historia de las relaciones entre religión y poder está llena de ejemplos semejantes. No son exclusividad de los evangélicos ni de la Argentina. Pero el crecimiento político de determinados sectores religiosos conservadores vuelve necesario discutirlas abiertamente.
Sobre todo cuando los dirigentes que predican amor al prójimo reciben y celebran a un presidente que convirtió la confrontación y el insulto en parte de su identidad política.
El precio de poner a Dios al servicio de la política
El Evangelio de Mateo, en su capítulo 6, advierte que nadie puede servir a dos señores. Es una enseñanza sobre las dificultades de conciliar la fidelidad religiosa con la subordinación a las riquezas.
No prohíbe que las iglesias administren recursos o participen de programas de asistencia. Pero constituye una advertencia sobre los compromisos que pueden condicionar sus decisiones. Cuando la cercanía con el poder se convierte en una fuente de reconocimiento, influencia y oportunidades institucionales, la independencia religiosa comienza a ponerse a prueba.
En Neuquén, algunos dirigentes evangélicos parecen haber encontrado razones suficientes para celebrar su relación con Milei. En otras partes del país, pastores que leen la misma Biblia consideran necesario cuestionarlo.
Esa diferencia deja al descubierto algo más profundo que una discusión entre creyentes: muestra cómo la religión puede convertirse en una herramienta de legitimación política y cómo sus principios pueden ser interpretados de manera selectiva según los intereses de quienes los invocan.
La otra iglesia es la que todavía se permite incomodar al poder. La que no necesita justificar los insultos del presidente ni transformar su programa económico en un mandato divino.
Y quizás allí esté la diferencia más importante entre una comunidad religiosa y una estructura puesta al servicio de la política.



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