
Corea del Sur: cuando la belleza deja de ser una elección y se convierte en una exigencia social
NeuquenNewsSeúl puede resultar desconcertante para quien llega por primera vez. En una misma ciudad conviven algunas de las empresas tecnológicas más importantes del mundo, universidades de enorme prestigio, una industria cultural capaz de exportar música y series a prácticamente todo el planeta y una extraordinaria concentración de clínicas dedicadas a modificar el rostro y el cuerpo. Particularmente en Gangnam, la cirugía estética forma parte del paisaje urbano.
Pero reducir el fenómeno a una supuesta “obsesión coreana por la belleza” sería demasiado simple. Detrás de los cosméticos, las cirugías, los tratamientos dermatológicos y las fotografías cuidadosamente retocadas existe un problema social bastante más profundo: la apariencia puede funcionar como una forma de capital.
Ser considerado atractivo no significa solamente ser considerado lindo. Puede asociarse a juventud, disciplina, éxito, capacidad profesional y estatus. Y cuando una sociedad comienza a atribuir esas cualidades a determinados rostros y cuerpos, la belleza deja de pertenecer exclusivamente al terreno de las preferencias personales.
Se convierte también en una forma de competencia.
El lookism: cuando el rostro entra al currículum
En Corea existe un término específico, oemo jisangjuui (외모지상주의), habitualmente traducido como lookism: el prejuicio o la discriminación basada en la apariencia física. Investigaciones académicas llevan años estudiando hasta qué punto esta percepción atraviesa las relaciones sociales y laborales del país. Un estudio sobre jóvenes surcoreanos encontró que muchos consideraban que ser atractivo podía favorecer las posibilidades de conseguir empleo y que una intervención estética podía producir un efecto positivo en ese proceso.
La cuestión no pertenece únicamente al pasado. En diciembre de 2025, Korea JoongAng Daily documentó que numerosas empresas privadas todavía solicitaban fotografías profesionales junto con los currículums, aunque señaló también que la práctica venía disminuyendo y que grandes compañías habían dejado de hacerlo.
La legislación intenta poner un límite. La Ley de Procedimientos Justos de Contratación prohíbe, para los empleadores alcanzados por la norma, exigir información sobre condiciones físicas —como apariencia, altura y peso— cuando no resulte necesaria para realizar el trabajo. Además, la política general de empleo surcoreana establece la igualdad de oportunidades y prohíbe discriminaciones injustificadas por condiciones físicas, entre otros factores.
La distancia entre la norma y ciertas prácticas culturales quedó expuesta incluso en 2026. En febrero, el diario Kyunghyang Shinmun reveló que el Servicio Nacional de Seguro de Salud había utilizado en evaluaciones de trabajadores a prueba un criterio que contemplaba la apariencia prolija y la impresión producida sobre otras personas. La institución sostuvo que no evaluaba belleza sino presentación profesional; el caso, sin embargo, reabrió la discusión sobre la subjetividad de esos parámetros.
Es una discusión que permite entender el problema central: ¿dónde termina la “buena presencia” y dónde comienza la discriminación?


La cirugía como inversión
La cirugía estética ocupa entonces un lugar particular. No necesariamente es percibida sólo como una extravagancia o una decisión vinculada a la vanidad. Para algunas personas puede funcionar como una inversión sobre sí mismas.
Una investigación realizada entre jóvenes adultos surcoreanos encontró que el 60% de quienes habían pasado por una cirugía estética o planeaban hacerlo mencionaban como principal motivo la insatisfacción con su apariencia. También aparecían la influencia familiar, la presión de pares y, en determinados casos, las perspectivas laborales.
Hay que ser cuidadosos con las cifras frecuentemente repetidas sobre Corea del Sur como “el país con más cirugías plásticas del mundo”, porque muchas corresponden a estudios antiguos o mezclan procedimientos quirúrgicos y no quirúrgicos. Pero la importancia cultural de la cirugía estética está ampliamente documentada. Una revisión académica publicada en 2025 volvió precisamente sobre las razones sociales y culturales de su elevada prevalencia en Corea.
También existe una simplificación occidental que conviene evitar: interpretar las operaciones de párpados, nariz o mandíbula simplemente como intentos de adquirir “rasgos occidentales”. Investigaciones antropológicas realizadas en Corea describen un proceso mucho más complejo, en el cual los ideales globalizados se mezclaron con conceptos específicamente coreanos sobre proporción, juventud y armonía facial.
No se trata simplemente de querer parecerse a otro. Se trata de aproximarse a una versión socialmente construida del rostro considerado ideal.
Una industria que fabrica también el problema que promete solucionar
A este escenario se suma el formidable éxito internacional de la llamada K-Beauty. Corea del Sur convirtió cosméticos, tratamientos dermatológicos, maquillaje y cuidado de la piel en una industria global. El rostro coreano cuidadosamente producido se transformó, junto con el K-pop y las series televisivas, en uno de los productos culturales más reconocibles del país.
Pero existe una paradoja.
La industria ofrece soluciones para problemas que una cultura de comparación permanente ayuda simultáneamente a producir.
Las redes sociales multiplicaron esa presión. Instagram, TikTok, los filtros digitales, los idols del K-pop y los protagonistas de los dramas ofrecen una sucesión prácticamente ininterrumpida de rostros extraordinariamente cuidados. La frontera entre maquillaje, iluminación, retoque digital, tratamientos dermatológicos y cirugía puede volverse casi invisible.
El resultado es un estándar difícil de alcanzar precisamente porque muchas veces ni siquiera existe naturalmente.
Y la presión ya no recae exclusivamente sobre las mujeres. Los hombres surcoreanos participan de una cultura del cuidado facial, maquillaje y tratamientos estéticos mucho más normalizada que en numerosas sociedades occidentales. Esto no elimina la desigualdad: distintos estudios han encontrado históricamente una presión estética particularmente intensa sobre las mujeres.
Hasta el amor puede tener examen de ingreso
Quizás una de las expresiones más crudas apareció recientemente en el mercado de las relaciones personales. En 2025, The Korea Times informó sobre la popularización entre jóvenes de fiestas para solteros con “aprobación por apariencia”. Para participar, los aspirantes debían enviar fotografías del rostro y del cuerpo e incluso perfiles de redes sociales para superar previamente una selección visual. Algunos eventos se promocionaban explícitamente como destinados al porcentaje superior de personas según su atractivo.
El fenómeno resulta revelador porque traslada al terreno sentimental una lógica similar a la del mercado.
Primero se clasifica.
Después se selecciona.
Finalmente se conoce a la persona.
La apariencia deja así de ser una característica del individuo para transformarse en una credencial de acceso.
El costo invisible de no alcanzar el estándar
El problema más serio aparece cuando esa presión deja de producir únicamente consumo y comienza a producir exclusión.
Una investigación longitudinal sobre jóvenes surcoreanos encontró una asociación significativa entre haber sufrido discriminación por apariencia y una peor percepción del propio estado de salud. Quienes reportaron discriminación repetida presentaron probabilidades considerablemente mayores de declarar mala salud que quienes no la habían experimentado. Los propios investigadores advirtieron las limitaciones del estudio, pero señalaron que los resultados respaldaban la existencia de una relación relevante entre lookism y bienestar.
Aquí aparece probablemente la dimensión más inquietante del fenómeno.
Una persona puede decidir modificar libremente su cuerpo. Puede maquillarse, operarse, entrenar, cambiar su cabello o someterse a tratamientos estéticos. El problema comienza cuando la pregunta deja de ser “¿cómo quiero verme?” y pasa a ser “¿cómo necesito verme para que los demás me acepten?”.
Porque entonces ya no hablamos solamente de belleza.
Hablamos de poder.
Corea como espejo, no como rareza
Sería cómodo observar Corea del Sur desde Occidente como una extravagancia cultural. Sería también un error.
La diferencia puede ser de intensidad, pero el mecanismo está presente en buena parte del mundo. Instagram premia determinados cuerpos. LinkedIn convirtió la fotografía profesional en parte de la construcción de una identidad laboral. Los filtros permiten modificar un rostro antes de publicarlo y la inteligencia artificial hace cada vez más sencillo fabricar versiones idealizadas de nosotros mismos.
Corea del Sur quizás no sea entonces una anomalía.
Puede ser un anticipo.
Una sociedad extremadamente competitiva, digitalizada y visual en la que el cuerpo se incorpora al currículum invisible de cada individuo. Educación, experiencia, capacidad, contactos y, junto a ellos, apariencia.
Y allí reside la contradicción más interesante. Una sociedad que llevó la tecnología hasta límites extraordinarios continúa sometiendo a millones de personas a una de las evaluaciones más primitivas que existen: mirar un rostro y atribuirle inmediatamente cualidades que ese rostro no puede demostrar.
La belleza siempre existió como aspiración humana. Lo nuevo es otra cosa: convertirla en requisito.
Cuando ser bello ofrece ventajas y alejarse del modelo dominante puede generar costos laborales, sentimentales o sociales, la estética deja de ser completamente privada.
La pregunta ya no es por qué tantas personas quieren cambiar su apariencia, sino cuánto de esa decisión sigue siendo verdaderamente libre cuando la sociedad recompensa a quienes lo hacen.


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