
Israel corta contacto con la jefa de la diplomacia europea y profundiza su aislamiento político
NeuquenNewsIsrael decidió este jueves elevar un conflicto diplomático que venía creciendo desde hace meses. El ministro de Exteriores israelí, Gideon Saar, anunció en sus redes que cortaba "todo contacto" con Kaja Kallas, la jefa de la diplomacia de la Unión Europea, después de que el portal EURACTIV publicara, el 12 de junio, que durante una visita oficial a México —entre el 20 y el 22 de mayo— Kallas habría comparado, en reuniones a puertas cerradas con funcionarios mexicanos, las políticas israelíes hacia los palestinos con el régimen de apartheid que gobernó Sudáfrica hasta comienzos de los años noventa.
La información se sustenta en fuentes diplomáticas europeas sin nombre. Kallas no negó ni confirmó haber hecho esas declaraciones.
Ese silencio es el centro de la jugada de Saar. El canciller israelí dijo que no retomará el vínculo hasta que Kallas se retracte o desmienta formalmente y calificó la supuesta comparación como un "libelo de sangre" contra "el único Estado judío y la única democracia de Medio Oriente". La acusó, además, de actuar con "hostilidad obsesiva e injusticia flagrante" hacia Israel.
La decisión no equivale a una ruptura formal con la Unión Europea. Israel mantiene vínculos diplomáticos, comerciales, científicos y políticos con los 27 países del bloque. Pero el mensaje es inequívoco: el gobierno de Benjamin Netanyahu ya no acepta que Bruselas mantenga una relación de cooperación mientras aumenta sus críticas por Gaza, Cisjordania y los asentamientos.
Kallas respondió sin entrar en la frase que se le atribuye. Optó por una respuesta institucional: defendió el diálogo, recordó que la UE e Israel tienen vínculos importantes, condenó los asentamientos ilegales en Cisjordania y reiteró que la solución de dos Estados sigue siendo, para Europa, el único camino viable para una paz duradera. Saar respondió en minutos: si Kallas no hizo esas declaraciones, debe desmentirlas; si las hizo, debe asumirlas.
Detrás del cruce verbal hay algo más profundo que una frase incómoda. Europa viene endureciendo su posición frente al gobierno israelí. La guerra en Gaza, la crisis humanitaria, la expansión de asentamientos en Cisjordania y la violencia de colonos extremistas empujaron a varios países europeos a reclamar sanciones, restricciones comerciales y una revisión más dura del Acuerdo de Asociación entre la UE e Israel.
En mayo, la Unión Europea aprobó por primera vez sanciones económicas contra tres personas y cuatro entidades israelíes acusadas de "abusos graves y sistemáticos contra los derechos humanos de los palestinos" en Cisjordania. Las medidas incluyeron congelamiento de activos, prohibición de recibir fondos europeos y veto de ingreso al territorio comunitario. Para Israel, se trató de una decisión hostil. Para Bruselas, fue una respuesta mínima frente a acciones que considera incompatibles con el derecho internacional.
El nuevo conflicto con Kallas expone una fractura política de fondo. Israel considera que parte de Europa cruzó una línea al usar categorías históricamente cargadas, como apartheid, para describir su política hacia los palestinos. Pero, al mismo tiempo, cada vez más actores europeos sostienen que la ocupación prolongada, la expansión de asentamientos y la existencia de regímenes legales distintos para israelíes y palestinos en territorios ocupados ya no pueden explicarse solo como una cuestión de seguridad.
La palabra apartheid no es menor. Para Israel tiene una carga acusatoria extrema y, en boca de dirigentes europeos, aparece como una forma de deslegitimación internacional. Para sus críticos, en cambio, el término expresa una realidad jurídica y territorial: dos poblaciones sometidas a derechos, permisos, controles y restricciones diferentes bajo una misma autoridad efectiva.
El problema para Israel es que la discusión ya no se limita a organismos de derechos humanos o sectores de izquierda europeos. El malestar llegó al centro de la diplomacia continental. Incluso países tradicionalmente cuidadosos en su relación con Israel comenzaron a acompañar sanciones limitadas o a reclamar mayor presión. Otros, como Alemania, Austria o la República Checa, mantienen una postura más cercana a Jerusalén, lo que impide que la UE adopte medidas más contundentes por unanimidad.
Esa división europea es clave. La UE critica, sanciona parcialmente y amenaza con revisar acuerdos, pero no logra avanzar con una política común más dura contra altos funcionarios israelíes. Apenas tres días antes del choque con Kallas, el lunes 15 de junio, los ministros de Exteriores reunidos en Luxemburgo no consiguieron el consenso necesario para sancionar al ministro de Seguridad Nacional israelí, Itamar Ben-Gvir, pese al impulso de Francia, Irlanda, España, Eslovenia y otros gobiernos que vienen reclamando medidas más duras tras la represión de la flotilla humanitaria del Global Sumud, en la que viajaban ciudadanos europeos.
Por eso, el gesto de Saar también puede leerse como una jugada política. Al romper con Kallas, Israel busca desacreditar a la voz institucional de la política exterior europea y explotar las diferencias internas del bloque. No es lo mismo enfrentar a "Europa" que enfrentar a una funcionaria concreta, presentada como parcial, injusta o enemiga de Israel.
Las consecuencias pueden ser importantes. En lo inmediato, se dificultará el canal diplomático entre Israel y el Servicio Europeo de Acción Exterior. En términos políticos, la decisión endurece posiciones y reduce los márgenes para una mediación europea creíble. En términos simbólicos, confirma que Israel empieza a tratar a algunos de sus socios occidentales no como aliados críticos sino como actores hostiles.
Para Europa, el episodio plantea una pregunta incómoda: si sus advertencias sobre derechos humanos, asentamientos y Gaza no tienen consecuencias reales, su diplomacia queda reducida a declaraciones. Pero si avanza hacia sanciones más duras, corre el riesgo de profundizar la ruptura con Israel y de dividir aún más a sus propios Estados miembros.
Para Israel, el costo también es evidente. Cada choque con Europa refuerza la percepción de aislamiento internacional. Estados Unidos sigue siendo su aliado central, pero la pérdida de legitimidad en Europa tiene efectos políticos, culturales, comerciales y judiciales. La guerra ya no se discute solo en términos militares. Se discute en tribunales, parlamentos, universidades, puertos, empresas y acuerdos de cooperación.
El corte con Kaja Kallas marca el punto en que la relación entre Israel y Europa deja de ser una alianza tensionada por desacuerdos y empieza a parecerse a una disputa política abierta sobre los límites de la ocupación, la guerra, la ayuda humanitaria y el derecho internacional.
Israel reclama que Europa reconozca su derecho a defenderse. Europa responde que ese derecho no suspende las obligaciones humanitarias ni legaliza los asentamientos. Entre ambas posiciones se abre una distancia que ya no se resuelve con comunicados diplomáticos.
Lo que se quebró este jueves no fue el vínculo formal entre Israel y la Unión Europea. Fue algo más sutil y quizás más difícil de recomponer: la confianza política entre un gobierno israelí cada vez más confrontativo y una Europa que, lenta y dividida, empieza a aceptar que su relación con Israel ya no puede seguir funcionando como antes.
Fuentes: Reuters, EURACTIV, RTÉ, Al Jazeera, Bloomberg, The National, Consejo de la UE, Servicio Europeo de Acción Exterior.


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