
La memoria como herida: 50 años de una historia que no cierra
Tenía 13 años cuando se produjo el golpe. Para entonces, la vida ya me había enseñado algunas de sus formas más duras: mi padre había muerto cuando yo tenía casi seis, y mi madre hacía lo que podía para sostener a mi hermano y a mí. Éramos santafesinos, pero en aquellos años vivíamos en Junín, provincia de Buenos Aires, una ciudad donde la presencia militar no era un dato más, sino parte del paisaje cotidiano.
Allí estaba asentado el Grupo de Artillería 101. Y alrededor de ese núcleo gravitaban otros poderes que, sin necesidad de explicarse, imponían su lógica social: los grandes productores agropecuarios, la Iglesia, el Poder Judicial. El ferrocarril, que alguna vez había sido símbolo de integración y desarrollo, lugar de trabajo de familias obreras, apenas sobrevivía. Era, en definitiva, un entramado donde todo parecía ordenado, pero donde ese orden se pagaba y tenía un costo que no siempre se veía a simple vista.
Yo cursaba séptimo grado en una escuela rural. Mi madre había decidido internarnos allí a mi hermano y a mí un par de años antes, buscando seguridad y estabilidad en medio de tanta incertidumbre. La escuela estaba semi abandonada: se caía a pedazos. Sin embargo, resistía. No por el Estado, que estaba ausente, sino por el esfuerzo de un cura de la Iglesia ortodoxa griega. El cura se llamaba Felipe, hombre de valores irreductibles, él y algunos vecinos colaboraban como podían y con lo que podían.
No había recursos. Había voluntad. Comerciantes que donaban alimentos, manos anónimas que arreglaban lo que se rompía, y una comunidad compuesta por unos niños cuyas familias pasaban momentos difíciles y de personas que, a fuerza de corazón, intentaba sostener algo más que un edificio: intentaban sostener una idea de contención y de futuro.
En ese contexto, hubo algo que resultó decisivo: la biblioteca. Inesperada, amplia, casi inverosímil para ese entorno. Allí encontré una puerta de salida. Leía sin restricciones, sin orden, sin guía. José Mauro de Vasconcelos, Baudelaire, Nietzsche, libros sobre el Che y tantos otros que hoy se mezclan en la memoria.
Siempre digo que los libros me salvaron la vida. Pero también lo hicieron algunas personas. En ese mismo entorno se forjaron mis valores, marcados por la ética de un cura que era un hombre de familia, con esposa e hijos, alguien que hablaba de la familia desde la experiencia concreta de la responsabilidad y la vivencia y no desde el dogma vacío. Su forma de vivir la fe era austera, solidaria, casi sacrificada hasta el extremo.
De él aprendí, del cura Felipe —a su manera, rústica pero profunda— lo que predicaba el cristianismo en su esencia: poner la otra mejilla, dar hasta que duela, no hacer a los demás lo que uno no quiere recibir, incluso aquello de “ama a tu enemigo como a ti mismo”. Enseñanzas que hoy pueden parecer ingenuas o incluso impracticables, pero que en aquel contexto funcionaban como un marco ético claro en medio de la incertidumbre.
Ese aprendizaje no fue abstracto. Me enseñó a ver y a entender un poco más allá de las cosas. Me enseñó a escuchar ideas distintas, a ser solidario, a no modificar los valores según la conveniencia del momento. A construir una coherencia interna, algo de lo que uno pudiera sentirse orgulloso incluso cuando el contexto empujaba en sentido contrario.
Porque no eran tiempos propicios para la expresión ni para el debate. La censura estaba entre nosotros: se respiraba. Los libros empezaban a desaparecer, y hasta la música que uno escuchaba podía transformarse en un motivo de sospecha. Las noches se volvieron peligrosas, sobre todo para un adolescente que encontraba en la conversación y el intercambio una forma de entender el mundo.
Con el tiempo, algunos amigos comenzaron a desaparecer. Recuerdo al hijo de una amiga de mi mamá. Se llamaba Adrián, un pibe siempre alegre y solidario. Un día se lo llevaron. Recuerdo los ojos de su mamá, nunca vi una mirada tan triste y desesperada. Eso no se olvida. Sus familias se volvían inaccesibles de un día para el otro. Preguntar era peligroso. Visitar, también.
Pero hay otra dimensión de aquellos años que resulta imposible de eludir. Recuerdo discursos económicos que, con el paso del tiempo, suenan inquietantemente familiares y actuales. Recuerdo una clase media repitiendo consignas con una convicción que no siempre se sostenía en la realidad. Y, sobre todo, recuerdo cómo la mentira, la degradación moral, la cobardía y el engaño ocupaban el lugar de los valores que esa misma sociedad decía defender.
Así crecí. Y en poco tiempo llegó el servicio militar. Allí conocí otra dimensión de esa lógica de poder: hombres que, amparados en un uniforme, creían estar por encima del resto. No por formación ni por capacidad, sino por jerarquía. El uniforme les otorgaba una autoridad incuestionable, y cuanto mayor era la diferencia con quienes tenían más educación o más herramientas, más necesitaban reafirmar esa supuesta superioridad frente al “colimba”, necesitaban humillarlo, reducido a la obediencia. Ese contraste —entre la ignorancia revestida de poder y el conocimiento sometido— fue también una enseñanza. Después de la baja vino Malvinas. Me reincorporaron, me mandaron a Río Gallegos. Amigos muertos en las islas, la estupidez y la cobardía vividas cada día en el cuartel, chicos sufriendo maltrato y humillaciones. La confirmación de un ejército donde la gente buena y honorable era una rara excepción y la cobardía y el abuso, la regla. Recuerdo al terminar la guerra ex combatientes mutilados, dañados física y emocionalmente, abandonados a su suerte.
Tiempo después, colaborando en una organización de Derechos Humanos, pude ver parte del infierno que se ocultaba. Fotografías de familias enteras torturadas, manos atadas a la espalda, uñas arrancadas. Ejecutadas de un disparo en la cabeza. Esas imágenes no se borran. No admiten matices ni reinterpretaciones.
Hoy veo que fue una sociedad profundamente cobarde la que acompañó el golpe de Estado. Cobarde y egoísta. Sin conciencia ni humanidad suficientes para dimensionar lo que estaba ocurriendo.
A 50 años, la memoria no solo interpela al pasado. También obliga a mirar el presente. A observar en qué se ha convertido parte de la sociedad, a preguntarse por la superficialidad, por el individualismo, por cierta vacuidad que atraviesa a muchos jóvenes. Pero también a revisar responsabilidades más profundas.
Qué hicieron quienes gobernaron en las décadas siguientes. Qué hicimos los adultos. Qué hicimos como padres que no supimos estar a la altura, acaso elegimos corrernos de nuestro rol, confundiendo cercanía con ausencia de límites, compañía con abandono de responsabilidades.
La pregunta incómoda es cómo se llega a eso. Cómo no se vio venir la construcción de un sistema de control que, sin necesidad de recurrir a las armas, fue moldeando conductas, valores y prioridades.
Han pasado 50 años. Y si la memoria sirve para algo, debería ser para evitar conclusiones complacientes. Porque más allá de los avances, lo que persiste es una deuda: con los que lucharon, con los que no volvieron, con lo que pudimos ser y no fuimos. Qué hicimos los adultos. Qué hicimos como padres. Cómo no vimos venir la construcción de un sistema que, sin necesidad de armas, fue moldeando conductas, valores y prioridades. Todavía me lo pregunto. Y la respuesta, cuando llega, no me deja tranquilo.



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