
Mercedes Sosa: la voz que el miedo no pudo callar
Era agosto de 1979. Mercedes Sosa cantaba en el teatro El Coliseo de La Plata cuando entraron los militares. No fue una interrupción discreta: fue una detención pública, con armas, que interrumpió el recital en mitad de una canción. Detuvieron a todos los presentes —los músicos, el equipo técnico, el público— y los llevaron a comisaría. Mercedes Sosa fue la última en salir, horas después, con la advertencia implícita de que Argentina no era el lugar más saludable para alguien que cantaba lo que ella cantaba.
No fue la primera vez que la perseguían. Durante la dictadura que comenzó en 1976, sus discos habían sido prohibidos en la radio. Su nombre no podía nombrarse en los medios. Las canciones que interpretaba —canciones de Atahualpa Yupanqui, de Violeta Parra, de Víctor Jara, del movimiento de la Nueva Canción Latinoamericana— eran consideradas subversivas por un régimen que sabía que la música popular puede nombrar lo que los discursos oficiales niegan.
La noche de La Plata fue el punto de quiebre. Mercedes Sosa eligió el exilio. Primero París, donde la comunidad latinoamericana exiliada la recibió con el reconocimiento de quien conoce el valor de una voz familiar en tierra extraña. Luego Madrid. Luego Caracas. En cada ciudad cantó para los que habían tenido que irse, para los que necesitaban oír en una lengua conocida algo que les recordara que existían.

Haydée Mercedes Sosa había nacido en San Miguel de Tucumán el 9 de julio de 1935 —Día de la Independencia argentina, una coincidencia que le gustaba mencionar con una sonrisa— en una familia de trabajadores de origen diaguita-calchaquí. Su padre era obrero, su madre lavandera. Creció en la pobreza del noroeste argentino, en esa región donde los cerros y la quebrada y el paisaje árido tienen una presencia que entra en el cuerpo y no sale más.
A los quince años ganó un concurso de canto en una radio tucumana. El premio era una actuación en vivo. Ese fue el comienzo. Comenzó interpretando el folclore que conocía desde niña, el repertorio de las peñas y los festivales del noroeste: zambas, chacareras, vidalas, el mundo musical de una región que guardaba capas de historia —indígena, colonial, criolla— que la Buenos Aires cosmopolita tendía a ignorar.
En 1963 se sumó al Movimiento del Nuevo Cancionero, junto a Armando Tejada Gómez, Oscar Matus y otros artistas que querían hacer una música popular argentina que fuera también intelectualmente honesta y políticamente comprometida. No folclore de tarjeta postal para turistas: folclore que nombrara la injusticia, que hablara de las personas reales que vivían en esos paisajes que la música folclórica convencional presentaba como decorados pintorescos.
Su voz era el instrumento perfecto para ese proyecto. Era una voz de contralto, grave y ancha, que parecía venir de la tierra misma, de una antigüedad que ninguna técnica vocal enseña. Cuando Mercedes Sosa cantaba 'Zamba para no morir' o 'Solo le pido a Dios' o 'Duerme Negrito', no parecía que estuviera interpretando una canción: parecía que la canción estuviera pasando a través de ella como el viento pasa por la quebrada.
Cantó a Atahualpa Yupanqui cuando Yupanqui era un nombre que los militares querían borrar. Cantó a Violeta Parra, a Víctor Jara —el músico chileno asesinado por la dictadura de Pinochet— como acto de memoria activa. Grabó con Charly García en los años del rock nacional, con León Gieco, con Shakira, con Luciano Pavarotti, con Joan Manuel Serrat. Fue el puente entre generaciones y géneros musicales que de otro modo no habrían tenido razón para encontrarse.
Volvió a Argentina en 1982, antes del fin formal de la dictadura, con un recital en el Teatro Opera de Buenos Aires que duró mucho más de lo previsto porque el público no podía dejarla ir. Era el regreso de algo que no sabían cuánto habían extrañado hasta que lo tuvieron de vuelta. Lloraban. Ella también.
Murió el 4 de octubre de 2009, en Buenos Aires, a los setenta y cuatro años. En el velatorio, que se realizó en el Centro Cultural Kirchner, decenas de miles de personas formaron filas que rodeaban el edificio bajo la lluvia. Afuera, alguien puso parlantes y sonó 'Gracias a la vida'. Era exactamente lo correcto.
“Canto porque el canto tiene sentido. Y porque la vida sin cantar no tendría.” — Mercedes Sosa


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