
18 de febrero de 1938. Se suicida Leopoldo Lugones, el hombre que había conquistado las palabras
NeuquenNewsEl 18 de febrero de 1938, en el recreo El Tropezón del Delta del Paraná, Leopoldo Lugones se quitó la vida al ingerir whisky con cianuro. Tenía 63 años. La muerte cerró la biografía de un escritor decisivo —poeta, narrador y ensayista—, pero también la de un intelectual que quiso intervenir en la historia y terminó atrapado por sus propias contradicciones.
Lugones fue un escritor total: poeta, narrador, ensayista, periodista. Una figura que expandió el idioma con ambición de arquitecto y oído de músico. Su obra incluye hitos como Los crepúsculos del jardín, Lunario sentimental y El libro de los paisajes en poesía, y textos fundamentales para la tradición nacional como La guerra gaucha y el ensayo El payador.
No fue un artista aislado: ocupó roles institucionales (dirigió la Biblioteca Nacional de Maestros desde 1915) y presidió la SADE en sus inicios. Su palabra tenía peso de autoridad cultural. Y justamente por eso su evolución ideológica no es un detalle biográfico: es parte del mapa político argentino del siglo XX.
En su juventud, la Buenos Aires fin-de-siècle lo encontró cerca de ambientes de izquierda: la investigación académica ha estudiado el cruce entre modernismo estético y socialismo en ese primer Lugones. Pero con el tiempo su brújula cambió. Hacia los años 20 se convirtió en una figura del nacionalismo de derecha, crítica de la democracia de masas y del parlamentarismo.
El punto de inflexión simbólico llegó en 1924 con el discurso conocido como “La hora de la espada”, donde planteó que, ante la “disolución demagógica”, el Ejército debía ocupar un rol rector. Materiales educativos y estudios históricos lo señalan como un texto clave del clima ideológico que precede al golpe de 1930. No fue una ocurrencia: fue una toma de posición pública en el debate que dividía a quienes conspiraban contra Yrigoyen y buscaban una salida de fuerza.
En 1930, el golpe militar que derroca a Yrigoyen inaugura la llamada “Década Infame”. En relatos históricos y educativos, la prédica de Lugones aparece como parte del clima que normalizó la intervención militar como “remedio”.
El enfoque académico es más preciso: no se trata solo de una “frase famosa”, sino de una intervención sostenida de Lugones en la discusión política de los años veinte, donde su retórica del orden se vuelve insumo doctrinario para sectores que conspiraban contra el radicalismo.
Ese rol —el del escritor que presta prestigio cultural a una salida de fuerza— explica por qué su figura se vuelve incómoda incluso para quienes admiran su obra.
Allí quedó instalada una de sus paradojas: vanguardista en literatura, partidario del orden jerárquico en política. El hombre que rompió moldes en el idioma buscó, a la vez, un país “ordenado” por la espada. Esa contradicción lo volvió una figura discutida en vida y todavía polémica en la memoria cultural argentina.
En su mesa final, además de la botella, dejó una frase que suena a rendición: “No puedo terminar el libro sobre Roca. Basta.” Más allá de hipótesis amorosas o sociales, ese renglón deja ver el núcleo más duro: el agotamiento de un hombre que había querido explicar el mundo con palabras y ya no pudo explicarse a sí mismo.


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